JC G·
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Parte I

Patrones del cambio epocal

Columna estratificada: cuatro eras superpuestas como capas geológicas

«La historia no se repite, pero rima.» — Atribuido a Mark Twain

Para entender el presente conviene, paradójicamente, alejarse de él. No porque la analogía histórica sea infalible —rara vez lo es—, sino porque las grandes transiciones del pasado dejan ver un esqueleto común que, desde dentro del propio tiempo, no se ve. Quien estudia la caída de Roma, el lento ocaso de la Cristiandad medieval o la convulsión que trajo la máquina de vapor descubre algo perturbador. Hemingway lo formuló para la bancarrota personal y la imagen sirve para las épocas enteras: las épocas no terminan de golpe. Terminan lentamente, durante décadas o siglos, y luego —de pronto— terminan de un día para otro. La curva del declive es larga; el desenlace es abrupto. Y los signos del agotamiento son sorprendentemente parecidos cada vez: las cuentas que no cierran y un cobrador que ya no recauda; las élites peleándose por los despojos en lugar de gobernar juntas; la gente que deja de creer en el discurso oficial; los magistrados a los que nadie obedece y las instituciones que pretenden ordenar un mundo que ya no es el suyo. Hace casi un siglo que los historiadores los llevan señalando.

Los tres casos que siguen no fueron elegidos al azar. Juntos enseñan a leer cómo se vienen abajo las épocas. Roma muestra cómo se hunde un imperio por dentro antes de que lo derriben los bárbaros. muestra cómo la , atravesada por una tecnología que llevaba dos siglos rehaciendo Europa —la imprenta—, bastó para inventar la categoría política dominante de los cinco siglos siguientes: el Estado soberano. La Revolución Industrial muestra cómo la combinación entre una nueva fuente de energía y una nueva forma de organizar el trabajo puede rehacer en pocas generaciones el mundo entero, hasta el punto de que la vida cotidiana de un campesino francés del siglo XIX se parece menos a la de su tatarabuelo que a la de un asalariado actual.

Del recorrido por los tres casos saldrá, al final de la Parte I, un modelo de tres fases. Antes de formularlo conviene verlo operar. Empezamos en Roma.