El diagnóstico está hecho. El pronóstico es otra cosa, y conviene asumir su límite antes de empezar. Quien escribió en 1985 sobre el inevitable triunfo soviético no vio venir 1989. Quien escribió en 2005 sobre la paz democrática universal no anticipó la deriva autoritaria del decenio siguiente. Las predicciones políticas envejecen mal. Pero la cautela no debe convertirse en renuncia. Lo que sigue no son predicciones; es un mapa de probabilidades — uno que reconoce, antes de empezar, que el primer escenario no es el más probable: es el que ya está tomando forma. Los otros tres son maneras posibles en que la deriva actual puede acelerarse, atenuarse o caer en catástrofe. Ninguno se realizará en estado puro. Lo más probable es que el mundo que emerja en las próximas décadas combine elementos de los cuatro, en proporciones distintas según las regiones y los momentos. Leerlos como tipos ideales ayuda a entender la realidad emergente con menos confusión.
Cuatro escenarios principales aparecen en el horizonte. Una multipolaridad fracturada —ya en curso, en sentido estricto—. Una nueva bipolaridad sino-estadounidense que podría cuajar si un catalizador mayor obliga al alineamiento. Un orden liberal reducido —u Orden Lite— que sigue siendo posible aunque exigente. Y un colapso descontrolado cuya probabilidad en cualquier año dado es baja pero cuya probabilidad acumulada en treinta años no es despreciable. Pero antes de recorrerlos uno por uno, conviene nombrar lo que ninguno de los cuatro puede evitar.
La condición climática de fondo
Hay un dato que conviene tener presente antes de hablar de geopolítica: los cuatro escenarios suceden dentro del Antropoceno —la época geológica en que los humanos, por su tamaño colectivo, son ya una fuerza planetaria— y no fuera de él. Cualquiera que sea el mapa del poder mundial en 2055, el planeta sobre el que ese mapa se dibuja estará para entonces, en promedio, al menos 1,8 y probablemente más de 2 grados más caliente que antes del carbón y la máquina de vapor. Los ecosistemas que una generación conoció de adulta serán otros para la siguiente. Las temporadas agrícolas, las cuencas hidrográficas, las zonas habitables: todo eso se está moviendo a velocidades que ningún escenario geopolítico modifica de forma significativa.
Esta condición climática de fondo no es un escenario más entre los cuatro. Es la atmósfera —en sentido literal y figurado— de los cuatro. En la multipolaridad fracturada, la falta de coordinación acelera el fracaso climático. En la nueva bipolaridad, la rivalidad distorsiona las prioridades climáticas: cada bloque mete plata en sus propias empresas verdes y nadie se sienta a coordinar. En el Orden Lite, el clima sería quizás el problema en torno al cual el bloque liberal podría reorganizarse —si encuentra la voluntad política para hacerlo—. En el colapso descontrolado, una crisis climática repentina podría ser ella misma el detonante.
Hay una asimetría incómoda que conviene nombrar: los escenarios geopolíticos se eligen, en alguna medida, por la acción de actores con nombre y apellido. La condición climática, en cambio, ya está mayormente decidida por la inercia de las emisiones acumuladas. Los próximos treinta años de calentamiento se juegan, en lo que ya está cargado en el sistema, mucho más que en lo que se decida en las próximas cumbres. Cualquier escenario que prometa estabilidad sin nombrar el clima es un escenario que se miente a sí mismo.
Hecha esta advertencia, los escenarios.
Escenario A: la multipolaridad fracturada (ya en curso)
El primer escenario no es una proyección al futuro: es una descripción del presente. Es el mundo multiplexmundo multiplex descrito en el capítulo anterior: una multipolaridad sin un sistema universal de reglas, en la que varios polos coexisten como salas adyacentes de un mismo cine, cada una proyectando su propio orden parcial. El mundo se organiza en torno a varios polos civilizatorios y económicos principales: Estados Unidos, China, la Unión Europea —si consolida su autonomía estratégicaautonomía estratégica—, India, Rusia, y un puñado de potencias regionales: Brasil, Turquía, Indonesia, Sudáfrica, Nigeria, Arabia Saudita, México. Cada polo domina su entorno regional inmediato, con grados variables de aceptación y resistencia, y mantiene con los demás polos relaciones esencialmente transaccionales: cooperación en los asuntos donde converjan los intereses, competencia o conflicto donde diverjan.
En este escenario, las grandes ideologías universalistas —la democracia liberal, el comunismo marxista, los proyectos islamistas globales— pierden capacidad de convocatoria. Los Estados se vuelven más pragmáticos, menos ideológicos. La diplomacia recupera, en cierto sentido, su carácter clásico del siglo XIX: equilibrio de poderes, coaliciones cambiantes, principio de no intervención en los asuntos internos de los demás —incluso cuando esos asuntos sean éticamente repulsivos—. La doctrina de los derechos humanos universales, que vivió su momento culminante entre los años setenta y los dos mil, se reduce a un discurso defensivo de Occidente, ignorado por la mayoría de los demás actores.
Las instituciones globales —ONU, OMC, FMI, OMS— continúan existiendo, pero con una efectividad significativamente reducida. Se convierten en foros para la diplomacia performativa más que en mecanismos reales de gobernanza. Las decisiones operativas migran cada vez más hacia los grupos minilaterales: G7, G20, BRICS+, cumbres ad hoc convocadas para crisis específicas. Los acuerdos que funcionan son bilaterales o de pequeñas coaliciones. No universales.
Económicamente, este escenario produce una desglobalización selectiva. Las industrias estratégicas —semiconductores, baterías, biotecnología, defensa, energía— vuelven a casa o se quedan dentro del bloque amigo. El chip que antes pasaba por seis países ahora se fabrica casi todo en uno. El comercio internacional continúa pero más fragmentado, con regulaciones distintas en cada zona que encarecen operar en el mundo entero. Los flujos financieros se canalizan crecientemente por circuitos paralelos. Las cadenas de suministro globales coexisten con cadenas regionales más cortas y más resistentes a las crisis.
Las áreas de fricción permanente entre los polos —donde las esferas de influenciaesferas de influencia se superponen— se vuelven zonas de conflicto crónico. El estrecho de Taiwán, el mar del Sur de China, los Balcanes, el Cáucaso, el Sahel, el Cuerno de África, América Central, el Caribe: todas estas regiones viven en estado de tensión permanente, con guerras intermitentes de baja o media intensidad, golpes de Estado, intervenciones encubiertas, guerras por delegación. La paz no es la regla sino la excepción, y la guerra rara vez se declara formalmente: opera mediante operaciones híbridas, ataques cibernéticos, desinformación, mercenarios privados, sanciones económicas, presión migratoria deliberada.
¿Cómo se ve este escenario para un ciudadano común? Para los habitantes de los polos —los privilegiados del nuevo orden— la vida puede ser razonablemente estable, aunque más insular y menos cosmopolita que durante la fase de hiperglobalizaciónhiperglobalización. Para los habitantes de las periferias —las zonas de fricción, los países pequeños, las regiones empobrecidas— la vida se vuelve significativamente más precaria. Las migraciones masivas se intensifican. La inseguridad se cronifica. Los Estados fallidos se multiplican.
Este escenario no es probable. Es vivido. Buena parte de los analistas estratégicos lo da ya por en curso, y si hubiera que apostar, es el mundo que seguirá en pie en 2040.
Escenario B: una nueva bipolaridad (probable bajo catalizador)
El segundo escenario es que la rivalidad entre Estados Unidos y China se intensifique hasta organizar al mundo en dos bloques coherentes. No idénticos a los del siglo XX, pero comparables en su lógica fundamental. En este escenario, la mayoría de los demás actores se verían obligados, por presión o por interés, a alinearse con uno u otro polo. Las potencias intermedias que hoy practican la autonomía estratégicaautonomía estratégica —India, Brasil, Turquía, Arabia Saudita, Indonesia— encontrarían cada vez más difícil mantener esa flexibilidad y deberían escoger.
Esta nueva bipolaridad sería distinta de la Guerra Fría en aspectos importantes. La rivalidad no se organizaría principalmente alrededor de una guerra militar contenida —como entre Washington y Moscú— sino alrededor de la competencia económica y tecnológica. Los terrenos decisivos serían el chip, la inteligencia artificial, la batería —y, detrás de ellas, la biotecnología, las cadenas de suministro de minerales críticos, los estándares de internet, la regulación de las plataformas digitales—. El mundo se fragmentaría en dos internets que no se hablan: una con WhatsApp, Google y los protocolos occidentales; otra con WeChat, Baidu y los chinos. Las empresas globales serían forzadas a elegir un lado o a construir versiones distintas de sus productos para cada bloque.
En el frente militar, este escenario implicaría una carrera de armamentos acelerada. Ya en 2024 el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo registró el mayor incremento anual del gasto militar global desde 1988; en este escenario, el ritmo no haría sino subir. China invertiría masivamente en capacidades navales y de proyección de fuerza para disputar la primacía estadounidense en el Indo-Pacífico. Estados Unidos respondería reforzando sus alianzas con Japón, Corea del Sur, Australia, Filipinas, Vietnam, India. El presupuesto militar global se dispararía, drenando recursos que podrían destinarse a infraestructura, educación, salud o transición climática.
En el frente económico, el desacoplamiento sería mucho más radical que en el escenario A. Las cadenas de suministro se reorganizarían casi por completo: cada bloque produciría dentro de su propio espacio las industrias estratégicas y mantendría con el otro bloque solo el comercio de los bienes menos sensibles. El sistema financiero internacional se partiría en dos: dos sistemas de pago paralelos (SWIFT por un lado, su equivalente sino-ruso por el otro), dos monedas de reserva principales (el dólar y, cada vez más, el yuan), dos formas distintas de regular bancos, mercados y deuda.
En el frente ideológico, este escenario produciría una reedición de la disputa entre modelos políticos —pero con menos ideología pura y más pragmatismo civilizatorio—. Estados Unidos armaría su bloque alrededor de un discurso de defensa de las democracias (incluyendo, problemáticamente, a algunas democracias iliberalesdemocracias iliberales aliadas). China armaría el suyo alrededor del discurso del desarrollo soberano sin condicionalidades occidentales. La mayoría de los países alineados con uno u otro polo no compartiría plenamente la ideología del polo respectivo: se alinearían por interés estratégico, no por convicción.
Las periferias —los países que rechazan o no logran alinearse— se convertirían en escenarios de competencia abierta entre los dos bloques: por bases militares, por concesiones mineras, por contratos de infraestructura, por relaciones diplomáticas. África sería el campo de batalla más visible, seguida por el Sudeste Asiático y América Latina.
Este escenario es menos vivido que el A pero más probable de lo que parecía hace una década. Exige que la rivalidad sino-estadounidense supere el peso de los demás actores, lo que requeriría un acontecimiento catalítico de gran magnitud: una guerra en Taiwán, un conflicto mayor en Oriente Medio que reuniera a Estados Unidos e Israel contra Irán y sus aliados, una crisis financiera profunda que obligara a tomar bandos. Tales acontecimientos no son improbables. Hal Brands y Michael Beckley argumentaron en Danger Zone (2022) que la ventana de máxima capacidad militar relativa china frente a Estados Unidos se cierra hacia 2030, lo que vuelve los próximos años especialmente susceptibles a ese tipo de catalizador.
Escenario C: un orden liberal reducido (poco probable, no impensable)
El tercer escenario es el menos probable pero el más esperanzador para quienes valoran el orden liberal. En este escenario, Estados Unidos y sus aliados centrales —Europa, Japón, Canadá, Australia, Corea del Sur, Reino Unido— logran reorganizarse alrededor de una versión más modesta, más realista y más sostenible del orden internacional liberalorden internacional liberal. Llamémoslo Orden Lite.
Este Orden Lite sería distinto del Orden Liberal posterior a 1989 en aspectos cruciales. Renunciaría a la ambición universalista de remodelar el mundo entero. Aceptaría que la promoción de la democracia y los derechos humanos en países hostiles es contraproducente. Renunciaría a las intervenciones militares humanitarias. Se concentraría en consolidar y defender el espacio liberal-democrático existente —Norteamérica, Europa, parte del Indo-Pacífico— sin pretender expandirlo más allá.
En lo económico, este escenario implicaría una globalización selectiva: comercio libre dentro del bloque liberal, comercio condicionado y reciprocidad estricta con los demás. Una recuperación parcial de las cadenas de suministro intra-bloque, pero no un autarquismo. Una defensa robusta del sistema dólar, de los acuerdos de Bretton WoodsBretton Woods reformados, del derecho mercantil internacional aplicable dentro del bloque.
En lo de seguridad, este escenario implicaría una OTAN reforzada y modernizada, con mayor contribución europea; una red de alianzas en el Indo-Pacífico igualmente robusta; y una clara división del trabajo: Estados Unidos como garante último de la disuasión nuclear y de la proyección naval global; Europa como potencia regional con capacidad de actuar autónomamente en su periferia; Japón, Corea, Australia, India como contrapesos del poder chino en Asia.
En lo ideológico, este escenario requeriría una reforma profunda de las democracias liberales mismas. La precondición, difícil pero imprescindible, sería renegociar el contrato social por dentro: cobrarle más al capital y a las grandes fortunas para reconstruir lo público —infraestructura, educación, salud, ciencia básica— y devolverle a las clases medias un trabajo digno; y, a la vez, ponerle reglas al juego que hoy no las tiene —la inmigración, las plataformas digitales, el dinero en las campañas, la independencia de jueces y medios—. Sin esa reforma de puertas adentro, ninguna política exterior liberal resulta creíble.
¿Por qué este escenario es el menos probable? Por dos razones principales. La primera es que requiere una claridad estratégica y una disciplina política que las democracias contemporáneas no han demostrado tener. La elección de Trump en 2024, las dificultades de los gobiernos europeos para alcanzar consensos, la creciente polarización interna en todas las democracias avanzadas: todos estos factores apuntan en contra. La segunda razón es que requiere que los actores económicos y políticos —tanto del lado público como del privado— acepten costos significativos en el corto plazo (impuestos más altos, beneficios empresariales reducidos, regulación más estricta) a cambio de beneficios colectivos de largo plazo. La política democrática contemporánea tiene una dificultad estructural notoria para imponer ese tipo de sacrificios diferidos.
Pero el escenario no es imposible. Las democracias liberales han demostrado, históricamente, una capacidad notable de reinventarse cuando se encuentran ante una crisis existencial. Lo hicieron entre 1933 y 1945, ante la doble amenaza de la Gran Depresión y del fascismo. Lo hicieron entre 1947 y 1989, ante la amenaza soviética. La pregunta es si serán capaces de hacerlo una vez más, ante la combinación de la amenaza china externa, el malestar populista interno y la disrupción tecnológica acelerada. La respuesta dependerá, en última instancia, del liderazgo político disponible y de la voluntad de las élites de aceptar los costos de la transformación.
Escenario D: colapso descontrolado (baja probabilidad anual, no despreciable acumulada)
Hay un cuarto escenario que la prudencia analítica obliga a nombrar, aunque su probabilidad sea menor: el colapso descontrolado del sistema internacional. Este escenario podría ser detonado por una variedad de eventos: una guerra nuclear (intencional o accidental); una pandemia significativamente más letal que la COVID-19; una crisis climática repentina (un cambio abrupto en las corrientes oceánicas, por ejemplo); una crisis financiera incontrolada; un colapso simultáneo de las redes eléctricas y digitales en varias economías centrales; o algún acontecimiento aún imprevisible.
En el escenario D, las dinámicas del interregnointerregno —fragmentación, desconfianza, debilidad de las instituciones de cooperación— amplificarían el impacto del evento catalizador hasta convertirlo en una catástrofe sistémica. Lo que en un sistema bien gobernado podría ser una crisis manejable se transformaría, en el mundo sin hegemón, en un colapso descontrolado.
Las consecuencias serían incalculables. Una guerra nuclear, incluso limitada, mataría a decenas o cientos de millones de personas y produciría efectos climáticos globales durante años. Una pandemia letal podría matar a porcentajes significativos de la población mundial antes de ser controlada. Un colapso climático abrupto desplazaría a cientos de millones de personas y desorganizaría la producción de alimentos globalmente. Un colapso financiero podría producir una depresión peor que la de los años treinta.
Conviene nombrar este escenario no para alarmar, sino para subrayar que los riesgos del interregnointerregno no son molestias ni inconvenientes. Son riesgos existenciales, en el sentido literal del término. La probabilidad de cualquiera de estas catástrofes individualmente es baja en cualquier año dado, pero acumulada durante décadas, no es despreciable. Y la incapacidad del sistema actual para gestionar colectivamente esos riesgos los hace mayores de lo que serían bajo una gobernanza global funcional.
Los escenarios salvajes
Los cuatro escenarios anteriores pertenecen, en sus contornos básicos, a la imaginación liberal del centro anglosajón: aparecen en las páginas de Foreign Affairs, en los informes del Council on Foreign Relations, en los pronósticos del Economist Intelligence Unit. Son razonables. Cubren el repertorio de futuros que la cultura política dominante todavía sabe pensar. Pero hay otros horizontes que esa cultura no nombra —porque la incomodan o porque salen de su gramática— y que, sin embargo, han sido formulados por pensadores serios y operan ya como proyectos activos en el mundo. Conviene nombrarlos.
Hay un grupo de escenarios románticos que el ensayo descarta primero, no por falta de respeto sino por honestidad: todos piden una capacidad de coordinación y de sacrificio diferido que el periodo, por su inercia, no tiene. El pluriverso de Arturo Escobar, antropólogo colombiano radicado en la Universidad de Carolina del Norte, propone un archipiélago de mundos comunitarios, indígenas y ecológicos que coexistirían sin pretensión de universalidad. La democracia de la Tierra de Vandana Shiva, física y activista india, imagina economías de suficiencia y derechos jurídicos de la naturaleza. El Green New Deal global que Naomi Klein, periodista canadiense, viene formulando desde hace una década plantea una transición ecológica masiva financiada con redistribución agresiva. Son construcciones serias. No son lo que la inercia del mundo está realmente entregando.
Más inquietantes son los escenarios oscuros que las revistas centristas no nombran porque la propia idea les rompe los marcos. Cuatro merecen ser citados.
El primero es el capitalismo en archipiélago. El historiador canadiense Quinn Slobodian lo documentó en Crack-Up Capitalism (2023) no como propuesta suya sino como deriva ya en marcha. En este escenario, el Estado-nación no se disuelve hacia arriba, hacia algún gobierno mundial, sino hacia abajo, hacia una red de enclaves jurídicamente extraterritoriales: zonas económicas especiales, charter cities, paraísos fiscales, network states. Honduras experimentó con su Zona de Empleo y Desarrollo Económico —la ZEDE Próspera— hasta que un cambio de gobierno la suspendió en 2022. Dubai y Hong Kong fueron los modelos. La propuesta es que el capital escape no del Estado, sino dentro del Estado, hacia islas blindadas donde la democracia no rige. El mundo no se fragmenta en bloques: se fragmenta en archipiélagos de soberanía privada.
El segundo es el tecnofeudalismo, diagnosticado por el economista griego Yanis Varoufakis —antiguo ministro de finanzas de su país— en el libro homónimo de 2023. Las grandes plataformas digitales —Amazon, Tencent, Meta, Alibaba, X— habrían dejado de ser empresas capitalistas en sentido estricto para volverse algo más parecido a señores feudales: ya no extraen plusvalía del trabajo asalariado clásico, sino renta de la atención, los datos y la dependencia. El ciudadano se vuelve siervo digital. La soberanía migra del Estado a la plataforma. La política democrática se vuelve cada vez más irrelevante porque las decisiones que afectan la vida cotidiana se toman en consejos de administración a los que nadie eligió.
El tercero es el brutalismo planetario, descrito por el filósofo camerunés Achille Mbembe en su libro homónimo de 2020. Es la versión más oscura del repertorio. En un planeta atravesado por crisis climática, desplazamientos masivos y poblaciones que la automatización ha dejado sin función económica, las democracias del norte responden con muros, campos, deportaciones masivas y una gestión diferenciada de quienes sobran: no llega al exterminio, pero sí al abandono sistemático. Mbembe lo llama necropolítica climática: una política organizada no alrededor de la vida, sino de la administración programada de la muerte.
El cuarto es el menos académico pero el más activo hoy: el proyecto que la prensa estadounidense ha empezado a llamar la Ilustración oscura. Sus ideólogos —Curtis Yarvin, programador y bloguero neorreaccionario; Peter Thiel, cofundador de PayPal y financista político; Balaji Srinivasan, antiguo ejecutivo del mundo cripto— sostienen que la democracia es una catedral obsoleta y que el futuro está en el reemplazo del Estado-nación por network states: comunidades no territoriales, autoseleccionadas, gobernadas como empresas con un CEO al frente. Lo salvaje no es la idea —siempre ha habido teorías neorreaccionarias en los márgenes—. Es que el proyecto está hoy tomado en serio por una franja del poder político y financiero que ocupa posiciones cercanas a la administración Trump en Washington. El vicepresidente J. D. Vance ha citado a Yarvin en entrevistas. Thiel financia a sus ideólogos. La idea ya no es marginal: es una opción presupuestada por una porción del capital.
Ninguno de estos cuatro escenarios es probable en estado puro. Ninguno es deseable. Pero todos descansan, no sobre lo que se quisiera, sino sobre lo que la inercia técnica, económica y política ya empuja. Mirar solo a la multipolaridad fracturada, a la nueva bipolaridad y al Orden Lite mientras se ignora este sótano es ya una forma de no mirar.
Las apuestas de cada escenario
Conviene cerrar este capítulo con una observación que reordena lo anterior. Lo que está en juego en la disputa entre los escenarios no es solo la geografía del poder mundial. Es algo más profundo: con qué clase de hábitos morales atravesará el mundo el próximo siglo.
El escenario A —la multipolaridad fracturada, el que ya estamos viviendo— normaliza el cinismo geopolítico. Acepta que las grandes potencias hagan lo que quieran en sus periferias, que los derechos humanos sean retórica vacía, que la cooperación global se limite a lo estrictamente transaccional. Es vivible, pero rebaja la estatura moral del conjunto.
El escenario B —la nueva bipolaridad— recrea las angustias y los riesgos de la Guerra Fría, con armas más sofisticadas y menos diques de contención. Es coherente, pero peligrosamente cargado de potencial catastrófico.
El escenario C —el orden liberal reducido— es el más exigente porque pide a las democracias que se reformen profundamente para defender lo que aún vale la pena defender. Es esperanzador, pero requiere de un liderazgo y una madurez política que actualmente escasean.
El escenario D —el colapso descontrolado— es el que nadie sensato desea, y el que las dinámicas del interregnointerregno vuelven menos remoto de lo que convendría.
Los escenarios salvajes —el archipiélago capitalista, el tecnofeudalismo, el brutalismo planetario, la Ilustración oscura— no se ordenan en una sola apuesta moral. Tienen en común una cosa más sencilla: en ninguno sobrevive la democracia tal como las generaciones del siglo XX la conocieron. La pregunta que abren no es qué hacer con el orden. Es qué hacer cuando el orden ya no es un horizonte.
Y entonces, ¿qué se hace?
Queda la pregunta que ningún escenario contesta —ni los cuatro razonables ni los cuatro salvajes que les hacen sombra— y que cada lector tendrá que contestar por su cuenta. Si vivimos un interregnointerregno —y este ensayo argumenta, capítulo a capítulo, que lo vivimos—, y si los escenarios que se abren al final no se eligen sino que se padecen, ¿qué hace uno con la vida que le toca habitar en este intervalo? ¿Qué tipo de teoría —en el sentido modesto de la palabra: una hipótesis sostenida un rato, con la posibilidad de revisarse mañana— se sostiene cuando las certezas heredadas se han disuelto?
Esa pregunta es la que la parte que sigue intenta habitar.
Quien escribe estas páginas no puede salir del periodo que diagnostica. Yo vivo dentro de él. Mi sospecha la sostengo desde el mismo suelo movido que el capítulo sobre la fractura epistémica describió en el ciudadano. Tengo una posición específica en este interregnointerregno: cartas concretas que me tocaron, un horizonte que no elegí, una franja generacional que me hace este lector y no otro. El cronista que ha hablado durante doce capítulos en tercera persona ya era, de fondo, el mismo peregrino que en el capítulo final del ensayo se permite tomar la palabra. La tercera persona fue decisión de oficio, no distancia.
La parte que sigue la intenta tomar en serio.