JC G·
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Parte V · Capítulo 13

El ciudadano en la cáscara

Una pequeña figura humana de pie en el centro de un edificio institucional cuya fachada se transparenta como una cáscara — columnas visibles, paredes desvanecidas — con un papel doblado en la mano

Dos amigos dejaron de hablarse hace año y medio. Eran amigos largos —universidad, primer trabajo, hijos al mismo tiempo, vacaciones en pareja— y se rompieron por una elección. No se rompieron por una discusión: la discusión vino después. Se rompieron primero. Uno entró al WhatsApp del otro, vio una opinión que le pareció obscena sobre el candidato que él apoyaba, y dejó de responderle al saludo. El otro lo dedujo solo. Ninguno volvió a preguntar.

Pasaron quince meses. El candidato que apoyaba uno hizo una alianza con un ala del candidato que apoyaba el otro. Las dos campañas se acomodaron al nuevo escenario sin mayor pudor. Las cuentas oficiales borraron tuits viejos. Los voceros explicaron por qué la coalición ahora tenía sentido. Ninguno de los dos amigos lo supo de inmediato; cada uno se enteró después, por una noticia entre las muchas.

Lo que rompió la amistad ya no era el asunto. Quizá nunca lo había sido. Pero la amistad seguía rota.

La cáscara, en tres líneas

La cáscara política ya quedó descrita en estas páginas. Conviene tenerla a la vista una vez más, en pocas líneas. Las instituciones globales —ONU, OMC, OMS— siguen ahí, con sus edificios, sus presupuestos y sus reuniones. Coordinan cada vez menos. Las democracias liberales que las sostenían también: por dentro, la rabia entre votantes ha subido a niveles que no se veían desde mediados del siglo XX, y la confianza en la prensa, los partidos y las elecciones cae año a año. Y por encima de todo eso, en el plano geopolítico, ya no hay nadie al mando: ninguna potencia se hace cargo, ninguna comparte con las demás el suelo mínimo sobre el cual valdría la pena pelear.

Las tres cosas, sumadas, dejan un teatro político donde el escenario sigue iluminado y los actores siguen en escena pero el guion ya no se escribe en común. Queda la cáscara. Y hay que vivir con ella mientras dure, que va a ser largo.

La pregunta que el cuerpo dejó abierta

El ensayo describió la cáscara. No dijo cómo se vive con ella. El silencio fue a propósito: las recetas envejecen mal y casi nunca sirven. Pero hay una pregunta que vale la pena hacer en voz alta antes de cerrar, porque el lector la ha estado cargando en privado desde el primer capítulo.

¿Cómo se participa en un sistema vaciado sin romperlo y sin quemarse en él? No es una pregunta de a quién apoyar. Es una de cuánto darle. Cuánta energía, cuánto tiempo, cuántas amistades se gastan en un teatro que ya no devuelve lo que pide. La escena con la que abrió este capítulo es la versión chica de la pregunta. Lo que sigue es la versión pensada.

Cuando las facciones dejaron de compartir el barco

Hay algo nuevo en la política actual que conviene nombrar de frente: los bandos en disputa ya no comparten un proyecto común sobre el cual pelearse. Durante la mayor parte del siglo XX, los grandes contendientes de las democracias occidentales —los socialdemócratas y los conservadores europeos, los demócratas y los republicanos en su fase de consenso— se peleaban por la dirección del mismo barco. Más o menos Estado de bienestar. Más o menos regulación del mercado. Más o menos cesión de soberanía a instituciones internacionales. Discrepaban en los grados. Compartían el barco.

Esa coincidencia se acabó. Hoy los bandos ya no se pelean por los grados de un programa común; pelean por el programa mismo. Algunos quieren restaurar un orden anterior real o imaginado. Otros quieren liquidar la maquinaria del orden actual. Otros quieren reemplazarla por una distinta. No se discute qué hacer con el barco. Se discute si seguir en el barco.

No es política sin adversario. Es lo contrario, y más inquietante: política con adversario pero sin un proyecto común sobre el cual el adversario tenga sentido.

Eso tiene un costado que rara vez se dice y que toca al ciudadano directamente. Cuando los bandos ya no comparten proyecto, la rabia que el ciudadano les ofrece se va hacia objetivos que no son los suyos. Las redes sociales —que cobran por mantenerlo a uno enojado, porque el enojo es lo que se monetiza— amplifican el efecto. La indignación se premia, la lealtad ruidosa se premia, el matiz se castiga. Y quien cosecha esa rabia no es el ciudadano que la siente: son las plataformas que la procesan y los bandos que la convierten en votos. El ciudadano pone la energía. Otros se llevan la cosecha.

El ciudadano pone, el teatro no devuelve

Hay una segunda cosa, en el centro de esta dinámica, que rara vez se admite. El ciudadano que se entrega a una campaña recibe del candidato, en el mejor de los casos, una versión genérica de simpatía: un mensaje masivo el día del cumpleaños, una mención en un acto público, una foto en la pared del comité. El candidato no conoce a su votante. No conoce a sus hijos. No le devuelve la llamada cuando el votante la necesita. No paga el precio cuando el votante pierde una amistad por defenderlo. Esto no es culpa del candidato individual — es así desde que existe la política de masas. Pero conviene recordarlo cuando uno decide cuánto de su vida le va a entregar al teatro.

Las cifras lo dicen claro. El politólogo estadounidense Shanto Iyengar viene midiendo desde 2012 hasta dónde llega la enemistad entre votantes de partidos rivales en Estados Unidos. Las gráficas suben año a año. La proporción de ciudadanos que dice que le incomodaría que un hijo se casara con alguien del partido contrario pasó de cinco por ciento en los años setenta a más de cuarenta por ciento en los últimos diez años. Lilliana Mason, en Uncivil Agreement (2018), mostró por qué: la rabia ya casi no se organiza por desacuerdos sobre políticas concretas —en eso las distancias no son enormes— sino por identidades tribales superpuestas. Uno no odia al adversario por lo que propone. Lo odia por lo que es. La intensidad la pone el ciudadano. La cosecha el teatro.

Sostener el contrato sin entregar lo que no merece

Entre las dos respuestas fáciles —romper el contrato cívico (no votar, evadir, mentir cuando toca rendir cuentas) o entregarse a él como si fuera vocación última (vivir para la campaña, romper amistades por ella, sostener una identidad tribal que el candidato no honra)— hay una tercera, más sobria y más exigente: sostener el contrato sin entregarle lo que no merece.

Sostener el contrato quiere decir cosas concretas, y modestas. Votar —con información, no con consigna; con la duda intacta, no con la certeza que fabrican las redes—. Pagarle al fisco lo que se debe aunque el fisco lo gaste mal. Cumplir la palabra dada. Decir lo que se cree cuando alguien pregunta, sin acomodar la opinión al auditorio. Nada de esto es heroísmo. Es el piso mínimo sobre el que se sostiene la convivencia, y suele bastar.

No entregar lo que no merece, en cambio, quiere decir guardar para uno —y para la esfera donde la propia acción mueve algo— la energía emocional y relacional que el teatro reclama y no devuelve. No romper amistades por candidatos que no saben que esas amistades existen. No sostener una identidad de combate de la que no se vive y por la que probablemente uno no se moriría si lo pensara dos veces. No confundir el desacuerdo político con la enemistad personal. No entregarle al algoritmo, en forma de indignación de redes, las horas que pertenecen a los hijos, al trabajo, al barrio, a la palabra dada.

La diferencia con el cinismo, conviene nombrarla con cuchillo: el cínico rompe el contrato; el prudente lo sostiene. La diferencia con la militancia entregada: el militante entregado lo da todo al teatro; el prudente entrega lo proporcional. Ni ruptura ni inmolación: participación medida.

La esfera donde las cartas mueven algo

Lo que se libera al no quemarse en el teatro es tiempo, energía emocional y vínculos. No desaparecen: se mueven a otra parte. Y dónde se muevan decide buena parte de lo que la prudencia cívica significa en la práctica.

Robert Putnam, sociólogo estadounidense ya citado, lleva décadas mostrando algo que parece obvio una vez que se nombra: las democracias funcionan no sólo por la calidad de sus instituciones nacionales sino por la densidad de sus vínculos del medio. La asociación de vecinos. El club deportivo. La junta de padres. El coro. La cofradía. Es ahí donde la mayoría de la gente ejerce, en realidad, la mayor parte de su vida cívica. Y es ahí también donde la acción individual mueve algo. Una persona puede mover algo en su barrio, en su gremio, en su parroquia o en su grupo de oficio. Muy pocas pueden mover algo, individualmente, en su país. Más pocas todavía, en su continente.

La idea no es retirarse a la vida privada —ese es el camino del cínico, ya nombrado como trampa—. Es mover la energía a otra parte. La asociación profesional. La escuela de los hijos si los tiene. El círculo de oficio y afinidad. La palabra dada al amigo cuando el amigo la necesita —no en abstracto sino el martes a las tres de la tarde cuando llama—. Esa escala del medio es la que se atrofió en buena parte de Occidente en las últimas dos décadas. Recuperarla es respuesta cívica, no privada.

Una nota antes de cerrar

Todo lo anterior puede leerse como receta. No lo es. Es la descripción de una postura disponible, que algunos lectores —el autor entre ellos— han ido encontrando como la versión menos deshonesta de jugar la mano que les tocó. La postura admite grados. Épocas más involucradas y épocas más distantes. Se rehace cuando cambia la vida o cambia la política. Y admite, sobre todo, la honestidad de quien la sostiene a media máquina mientras vive cerca del cinismo y se asoma a él más veces de las que querría.

Lo que la postura no admite es la inmolación silenciosa: entregarle la vida emocional a un teatro que cosecha la entrega y nunca la devuelve. Eso, y solo eso, no tiene defensa.

Puente

Una cosa más antes de cerrar. Para vivir esta postura hace falta algo más que la postura. Hace falta haber pensado, antes y mientras, algunas preguntas que el ensayo dejó implícitas: qué cartas le tocaron a uno, qué arquetipos de respuesta lo habitan, qué teoría del mundo y de la vida sostiene, cuánta fluidez aguanta una vida sin perder el centro, qué hace con quien se hace una teoría distinta. El capítulo siguiente las toma — en otro registro, más íntimo, porque no admiten otro.