El mundo sin hegemón
En septiembre de 2025, en Pekín, Vladímir Putin, Xi Jinping y Kim Jong-un revisaron juntos un desfile militar conmemorando el final de la Segunda Guerra Mundial. La fotografía circuló en cada agencia de noticias. Tres hombres, tres potencias —dos nucleares declaradas más Corea del Norte como aliado militante— sonriendo en el lugar donde, ochenta años antes, las potencias vencedoras de aquella guerra habían impuesto un orden con los términos que les convenían. La pose era deliberada. El mensaje era simple: ese orden ya no manda.
Ocho meses antes, en enero de 2025, Donald Trump había tomado posesión por segunda vez como presidente de Estados Unidos con un discurso que no era de continuidad sino de cierre. Anunció aranceles que rompieron con cuatro décadas de doctrina comercial estadounidense. Pidió que Canadá fuera el quincuagésimo primer estado. Cuestionó la pertinencia de la OTAN. Sugirió que Estados Unidos podría comprar Groenlandia. Cada gesto era teatro. El mensaje, el mismo que Pekín proyectaba poco después: el orden que se construyó después de 1945 ya no nos compromete.
El hegemón se retiró por cansancio propio mucho antes de que ningún rival lograra desplazarlo, y el lugar que dejó sigue vacante.
Ese vacío tiene fecha y tiene forma. En algún punto de la primera década del siglo XXI, el mundo entró en un periodo sin hegemón —ni unipolar, ni bipolar limpio, ni multipolar ordenado—. Estados Unidos, que durante setenta años proveyó la mayor parte de los bienes públicos del orden internacional, decidió dejar de proveerlos. China, que tendría capacidad económica creciente para hacerlo, no tiene la disposición ideológica ni la red de alianzas que requeriría asumir el costo. Europa carece de capacidad militar autónoma. Las potencias medias —India, Brasil, Turquía, los países del Golfo, Indonesia, Sudáfrica— eligieron, cada una por su lado, no alinearse con nadie y sacar provecho de la pelea entre los grandes. El vocabulario diplomático llama a esto autonomía estratégicaautonomía estratégica. El resultado es un sistema sin árbitro. Y los sistemas sin árbitro funcionan diferente — más violentamente, más erráticamente, con más incertidumbre — que los sistemas con árbitro creíble.
Tres maneras de leer el vacío
Tres pensadores recientes ofrecen lecturas distintas y complementarias del mismo fenómeno. Conviene leerlas en sucesión: cada una capta lo que las otras dejan fuera.
Ian Bremmer, politólogo estadounidense que dirige el grupo de análisis Eurasia Group, y Nouriel Roubini, economista turcoiraní-estadounidense conocido por anticipar la crisis de 2008, llamaron al fenómeno G-CeroG-Cero en un ensayo conjunto publicado en Foreign Affairs en 2011. La fórmula era precisa: ningún país, ninguna alianza, ninguna institución multilateralmultilateral era simultáneamente capaz y dispuesta a establecer la agenda global y proveer los bienes públicos internacionales. Estados Unidos podía pero ya no quería; China quería pero todavía no podía; Europa había dejado de poder hacía décadas. Quince años después, su diagnóstico se ha vuelto la condición operante del sistema.
Adam Tooze, historiador británico que ha estudiado las grandes crisis financieras y energéticas del siglo XXI, añade una pieza que Bremmer-Roubini no enfatizaron lo suficiente. Para Tooze —escribiendo sobre 2008 en Crashed y sobre 2020 en Shutdown—, el orden internacional liberalorden internacional liberal ya había mostrado, antes de la era Trump, que sus mecanismos de coordinación dependían en última instancia de la voluntad de la Reserva Federal de Estados Unidos. Cuando la Reserva Federal extendió líneas de swap —acuerdos de préstamo en dólares entre bancos centrales— a sus contrapartes europeas en 2008 y otra vez en 2020, salvó el sistema. Y dejó claro que, detrás de las instituciones multilateralesmultilaterales, lo que sostenía el orden era una decisión que solo Washington podía tomar. Si esa voluntad se retira, no hay arquitectura sustituta.
Una tercera lectura, más conflictiva, viene de Hal Brands y Michael Beckley, dos politólogos estadounidenses que en Danger Zone (2022) sostienen una tesis preocupante: el mundo sin hegemón no es solo más fragmentado; es más peligroso. La razón es contraintuitiva. Cuando una potencia rival cree que está perdiendo la ventaja relativa, tiende a actuar con más agresividad, no con menos. China —argumentan— entró hacia 2020 en su ventana de máxima capacidad militar comparada con Estados Unidos. Esa ventana se cerrará en la próxima década por razones demográficas y económicas. Sumadas las dos premisas, la conclusión inquieta: la probabilidad de que Pekín actúe sobre Taiwán en los próximos años es más alta de lo que la mayoría de los analistas estima. La tesis es discutible —la demografía no es destino, y los líderes autoritarios no siempre calculan racionalmente sus ventanas—, pero su lógica subyacente es robusta. Los periodos de transición de poder son históricamente los más violentos del sistema internacional. El interregnointerregno no es una pausa entre dos órdenes: es una zona de peligro.
Las tres lecturas son verdaderas a la vez. Bremmer-Roubini describen la estructura. Tooze identifica el sostén invisible del orden previo. Brands-Beckley nombran el peligro específico que la transición genera. El mundo en que estamos: sin árbitro, con sostenes invisibles que se están retirando, en una ventana especialmente peligrosa.
El vacío de liderazgo
Lo más visible del mundo sin hegemón es lo que falta: alguien dispuesto a asumir la incómoda y costosa responsabilidad del liderazgo global. Durante setenta años, esa responsabilidad fue asumida por Estados Unidos. Washington subsidió la seguridad de Europa y de Asia oriental, mantuvo abiertas las líneas marítimas del planeta, sostuvo el dólar como moneda de reserva, lideró las negociaciones comerciales, pagó la mayor parte del presupuesto de la ONU e intervino —para bien y para mal— en crisis de medio mundo. Era el oficio de hegemón: caro, ingrato, siempre criticado; y, sin embargo, proveía un orden mínimo del que hasta los que más se quejaban terminaban beneficiándose.
La doble elección de Donald Trump —en 2016 y de nuevo en 2024— ha consolidado, dentro de la sociedad estadounidense, la conclusión de que el costo de ese liderazgo es desproporcionado respecto a sus beneficios. La consigna América primero no es una idiosincrasia de un solo político: pone palabras a un sentimiento profundo que atraviesa a buena parte del electorado estadounidense y que persistirá mucho después de que Trump deje el escenario. Las encuestas son inequívocas: una pluralidad creciente de estadounidenses considera que Europa debe pagar por su propia defensa, que las alianzas militares deben renegociarse en términos transaccionales, que los acuerdos comerciales multilateralesmultilaterales han sido perjudiciales para los trabajadores estadounidenses, que la promoción de la democracia y los derechos humanos en el exterior debe quedar por debajo de los intereses nacionales tangibles.
Esa retracción tiene una particularidad que conviene nombrar de frente, porque la prensa la suele tratar como episodio diplomático aislado: el principal desmantelador del orden no es ningún rival. Es el hegemón que lo construyó. Estados Unidos vetó desde 2019 al Órgano de Apelación de la OMC y lo dejó en parálisis técnica. Se retiró del Acuerdo de París por segunda vez en enero de 2025. Recortó su contribución a la OMS. Abandonó la UNESCO. Suspendió por meses la ayuda exterior y desmanteló USAID. Despidió a porciones enteras del servicio civil que sostenían su propia política exterior. El gesto no es de retirada: es de demolición. Adam Tooze, historiador británico de la economía global hoy radicado en la Universidad de Columbia, lo ha formulado con dureza en distintos textos: el garante del orden se ha vuelto su principal fuente de riesgo sistémico. Daniel Drezner, politólogo estadounidense que en 2014 publicó The System Worked en defensa del orden multilateralmultilateral, describe el cambio en una sola frase: en 2008, Washington fue el hegemón responsable que rescató al sistema; quince años después, es la principal fuente de su inestabilidad.
Y mientras tanto, todos los demás siguen jugando como si el orden no hubiera cambiado. Las cumbres del G20 se celebran a tiempo. Las COP climáticas reúnen a doscientas delegaciones. Los BRICS amplían sus rondas de adhesión. Los foros del FMI y del Banco Mundial sesionan con normalidad. La diplomacia internacional cumple su calendario con la disciplina de un rito al que ya nadie sabe muy bien si rezarle. Ivan Krastev, politólogo búlgaro que trabaja entre Sofía y Viena, describe esta paradoja con la metáfora del ritual: la coreografía multilateralmultilateral continúa, pero el centro hegemónicohegemónico ha dejado de creer en sus propios pasos. Las potencias medias —India, Brasil, Turquía, Indonesia, los del Golfo— han entendido el desfase y lo aprovechan: usan las estructuras heredadas para hacer negocios en uno u otro bloque sin alinearse con nadie.
Esta retracción no es un episodio: es una tendencia de fondo. Y crea un vacío que ningún otro actor puede llenar plenamente. China tiene la capacidad económica e industrial, pero carece de la legitimidad ideológica, de las alianzas militares globales y, sobre todo, de la disposición a asumir los costos de un liderazgo verdaderamente universal. Su proyecto no es liderar el mundo en sentido global, sino dominar su esfera regional inmediata y proyectar influencia transaccional en los demás continentes —tema del próximo capítulo en clave de escenarios—. La Unión Europea, paralizada por sus propias divisiones internas y por el inadecuado financiamiento de sus capacidades militares, juega un rol secundario incluso en su propia vecindad: la guerra de Ucrania ha mostrado, sin sutilezas, que Europa depende militarmente de Estados Unidos. Rusia ha optado por el rol de potencia destructiva: incapaz de construir un orden, dedicada a sabotear el existente para nivelar el campo.
El resultado es un sistema sin árbitro. Las crisis se acumulan —la guerra en Ucrania, la guerra en Gaza, la crisis en Sudán, la militarización del estrecho de Taiwán, las tensiones en el mar del Sur de China, la inestabilidad en el Sahel, las crisis venezolana y haitiana— y ninguna institución global tiene la autoridad o la capacidad para gestionarlas. Los bienes públicos globalesbienes públicos globales —seguridad marítima, estabilidad financiera, salud pública internacional, gobernanza climática, regulación de tecnologías emergentes— se erosionan. Y cada actor, racionalmente, busca asegurar lo suyo, lo que acelera la erosión general.
La fragmentación geoeconómica
La segunda dinámica central del periodo es la fragmentación de la economía global. Durante tres décadas —entre 1990 y 2020 aproximadamente— el sistema económico mundial vivió la fase de hiperglobalizaciónhiperglobalización más intensa de su historia. Las cadenas de suministro se extendieron a través de fronteras, atravesando continentes en busca de la combinación óptima de costos, calidad y velocidad. Un teléfono inteligente diseñado en California podía contener componentes de Corea del Sur, Taiwán, Japón, China continental, Alemania, Israel y una docena de países más, ensamblados en Shenzhen y vendidos en cualquier punto del planeta.
Esa fase ha terminado. Varios golpes seguidos la cerraron. La crisis financiera de 2008 mostró los riesgos sistémicos de un sistema financiero global excesivamente apalancado. La elección de Trump en 2016 inauguró una guerra comercial entre Estados Unidos y China que pronto se transformó en una guerra tecnológica sin precedentes. La pandemia de 2020 expuso la fragilidad de las cadenas de suministro globalizadas, cuando faltaron mascarillas, ventiladores, microchips y, eventualmente, vacunas. La invasión rusa de Ucrania en 2022 desató el régimen de sanciones más amplio de la historia económica. Y la creciente conciencia de los riesgos climáticos ha impulsado políticas de reindustrialización verde en Europa, Estados Unidos y otras regiones.
El resultado es un sistema global que se está reorganizando en bloques geoeconómicos. El bloque occidental vuelve a poner pie en su propio suelo, repatriando sectores estratégicos —semiconductores, baterías, minerales críticos, biotecnología— a sus propios países o a aliados confiables. Janet Yellen, entonces secretaria del Tesoro estadounidense, le puso nombre a esa práctica en abril de 2022: friend-shoringfriend-shoring, relocalizar la producción no en el país más barato sino en países políticamente afines. El bloque chino reorganiza su comercio y sus cadenas alrededor de la Iniciativa de la Franja y la RutaIniciativa de la Franja y la Ruta. Y un tercer espacio —India, Brasil, Sudáfrica, Indonesia, los países del Golfo, gran parte del África subsahariana y del Sudeste Asiático— mantiene relaciones comerciales con ambos bloques, oscilando estratégicamente para extraer beneficios de la rivalidad.
Pero las consecuencias políticas son más profundas que las económicas. La hiperglobalizaciónhiperglobalización era una apuesta por la interdependencia pacificadora: la idea de que países económicamente integrados tienen demasiado que perder como para enfrentarse militarmente. La intuición venía de los ilustrados del siglo XVIII y fue una apuesta frágil. Al desmantelarla deliberadamente, también se desmantelan los incentivos económicos que mantenían la paz. El mundo fragmentado del periodo actual es, casi por construcción, un mundo en el que los conflictos militares se vuelven más, no menos, probables.
Una de las dimensiones más perturbadoras de esta fragmentación es la conversión de la interdependencia en arma. Quien controla los nodos centrales de las redes globales —los sistemas de pago, la infraestructura financiera, las plataformas tecnológicas— puede usar esa posición para vigilar y para coaccionar. Las sanciones financieras, las prohibiciones tecnológicas, el bloqueo del sistema internacional de mensajería bancaria SWIFT y la congelación de reservas en moneda extranjera se han convertido en herramientas estratégicas de primer orden. El sistema financiero global, que durante décadas fue percibido como una infraestructura técnica neutral, se ha revelado como un instrumento de poder geopolítico. Y eso ha empujado a los rivales de Occidente a buscar alternativas: monedas digitales de banco central, sistemas de pago paralelos, acuerdos bilaterales en monedas nacionales, acumulación de oro. La centralidad del dólar como moneda de reserva global empieza a tener competencia significativa por primera vez en décadas. La historia, vista desde lejos, ofrece poco consuelo: todas las monedas reserva del pasado —el florín neerlandés, la libra esterlina— perdieron eventualmente su estatus, no de un día para otro, sino porque tres cosas pasan a la vez: el Estado que emite la moneda se endeuda demasiado; los que le prestan dejan de creerle; aparece otra potencia con una moneda que compite. Las tres se están alineando hoy contra el dólar, aunque ninguna haya terminado de cuajar en una alternativa única.
Esferas de influenciaEsferas de influencia, reescritas
La tercera dinámica del periodo es hija de las dos anteriores: cuando lo global se erosiona, los Estados se vuelcan a lo regional. No solo como respuesta defensiva, sino también como instrumento de proyección hegemónicahegemónica de las grandes potencias en sus periferias.
La idea rusa del extranjero cercano —la convicción, instalada en el discurso geopolítico ruso desde los años noventa, de que las antiguas repúblicas soviéticas pertenecen a su esfera natural de influencia— ha producido las guerras en Georgia (2008) y en Ucrania (2014 y 2022). La pretensión china sobre el Mar del Sur de China —que Pekín considera, lisa y llanamente, agua propia— ha producido la militarización de islas artificiales y choques crecientes con Filipinas, Vietnam y Malasia. El neo-otomanismo turco, la resistencia regional iraní, la preeminencia india en el océano Índico: todos comparten la misma lógica. Y ese tipo de regionalismo —que reedita en clave del siglo XXI las viejas esferas de influenciaesferas de influencia del XIX— es una receta para conflictos crónicos en las zonas de fricción entre los bloques.
Lo que está ocurriendo es algo que no se había visto desde antes de 1945: el poder mundial vuelve a clavar banderas en el mapa. Durante la fase liberal del orden internacional, el ideal —al menos retórico— era una soberanía igual de los Estados, independientemente de su tamaño o de su ubicación. Hoy, los pequeños Estados descubren —si no lo sabían ya— que su soberanía real depende decisivamente de la voluntad o la indiferencia del gran poder regional en cuyo radio se encuentran.
Ucrania descubrió esa lección a un costo terrible. Taiwán la vive cada día. Los Estados centroamericanos la conocen desde hace siglo y medio. Los del Cuerno de África la están aprendiendo. Los pequeños y medianos del Sudeste Asiático la estudian con creciente ansiedad. La doctrina latinoamericana del no alineamiento —desarrollada durante la Guerra Fría como tercera vía entre Washington y Moscú— está siendo reformulada por toda una generación de cancillerías del Sur Global que aprendieron, en estos años, que la rivalidad de los grandes ofrece márgenes de maniobra a quien sepa moverse entre ellos. No es virtud ideológica; es supervivencia geopolítica.
La autocratización endógena: el cuarto vértice
Tres vectores quedan ya nombrados como motores del interregnointerregno: la retirada del hegemón, el ascenso del rival sistémico chino, la difusión global del autoritarismo digitalautoritarismo digital. Falta un cuarto. El Capítulo 8 lo describió como diagnóstico interno; conviene volver a nombrarlo aquí, en clave geopolítica, como una fuerza estructural del periodo. Es la autocratización de las democracias liberales mismas.
Donald Trump en Estados Unidos, dos veces electo en menos de una década. Javier Milei en Argentina desde diciembre de 2023. Viktor Orbán en Hungría desde hace quince años. Narendra Modi en India. Recep Tayyip Erdoğan en Turquía. Giorgia Meloni en Italia. Marine Le Pen llamando a las puertas del Elíseo francés. La Alternativa para Alemania convertida en la segunda fuerza del Bundestag tras la elección federal de febrero de 2025. Líderes y movimientos que llegan al poder por elecciones limpias y, una vez ahí, comienzan a vaciar los contrapesos liberales desde dentro: nombrando jueces afines, debilitando inspectores y agencias independientes, cambiando reglas electorales en beneficio propio, marginando a los medios profesionales, saliendo de tratados internacionales que les estorban. No es una conspiración. Es una convergencia. Y opera en países que tomados por separado parecerían independientes, pero que vistos juntos producen lo decisivo: el orden liberal no solo está siendo erosionado desde fuera. Está siendo desmontado por la mitad de los países que lo sostenían.
Anne Applebaum, periodista e historiadora estadounidense-polaca, le dio nombre al conjunto en Autocracy Inc. (2024). Su tesis es directa: hay un bloque transnacional informal que conecta a las autocracias clásicas —Rusia, China, Irán— con las democracias autocratizadas desde dentro —Hungría, Turquía, India, los Estados Unidos en su versión Trump—. No comparten ideología en sentido estricto. Comparten enemigos (el lenguaje liberal de los derechos humanos, los tribunales internacionales, la prensa profesional), métodos (vigilancia, propaganda, captura judicial) y redes operativas (think tanks, medios afines, financiamiento cruzado). Los Orbán, los Trump y los Modi no son anomalías individuales: son nodos de una red que crece a la par del debilitamiento del orden anterior.
Conviene, sin embargo, una distinción que la ciencia política ha venido afinando. La erosión real no se mide en el volumen de los decretos ni en la agresividad retórica: se mide en lo que persiste cuando cambia el gobierno —el personal que se queda, los incentivos que se modifican, las reglas que ya no se revierten—. Tom Ginsburg y Aziz Huq, dos juristas de la Universidad de Chicago, le pusieron nombre a esa vara en How to Save a Constitutional Democracy (2018). Un presidente puede firmar mil órdenes que los tribunales tumben en seis meses; eso es show. Pero si nombra a doscientos jueces vitalicios, reorganiza el Departamento de Justicia, despide a los inspectores independientes y reescribe las reglas del servicio civil, eso queda. Y lo que queda es lo que importa. La politóloga Nancy Bermeo le puso nombre al método: engrandecimiento ejecutivo. No es un golpe, es un goteo: no se suspende la democracia, se vacían sus controles uno por uno. La política orbánica lo perfeccionó; la trumpista lo aplica a mayor escala.
Queda una pregunta que parece cínica pero que la ciencia política toma muy en serio: si el setenta por ciento de un país desaprueba a su presidente, ¿cómo sigue gobernando? La literatura comparada ofrece un repertorio. El control de la agenda, que permite imponer el tema del día. La fragmentación de la oposición, que impide articular un bloque de bloqueo. El alineamiento de actores con poder de veto —tribunales, generales, gobernadores, empresariado—. La polarización afectiva, que convierte a la mayoría indignada en una suma de fragmentos incapaces de coaligarse. Y la capacidad de redefinir el conflicto: convertir cada disputa de política pública en una guerra cultural en la que las encuestas de gestión dejan de ser la métrica relevante. Brian Klaas, que ha dedicado dos libros a diseccionar este tipo de poder, lo resume así: la autoridad efectiva no depende de la popularidad sino del control simultáneo de varias de esas palancas. Un presidente puede ser muy impopular y seguir gobernando con eficacia represora. Es lo que se está viendo.
El interregnointerregno no tiene tres vértices. Tiene cuatro. Y el cuarto —la autocratización de las propias democracias que construyeron el orden— es probablemente el que más rápido le ha quitado al sistema su capacidad de defenderse a sí mismo.
Cinco riesgos del periodo
La combinación de estas tres dinámicas —vacío de liderazgo, fragmentación geoeconómica, regionalismo hegemónicohegemónico— produce un sistema con riesgos sistémicos que conviene nombrar explícitamente, porque la tentación de ignorarlos es alta cuando ninguno se ha materializado todavía en su forma más grave.
Escalada involuntaria. En ausencia de mecanismos creíbles de gestión de crisis y de comunicación entre las grandes potencias, los incidentes locales pueden escalar rápidamente a confrontaciones mayores. La crisis de los misiles cubanos de 1962 se resolvió por un margen estrecho, y precisamente porque el episodio reveló la peligrosa lentitud con que se comunicaban Washington y Moscú, en junio de 1963 los dos gobiernos establecieron la Hotline —el canal directo entre la Casa Blanca y el Kremlin— como aprendizaje de la crisis. Kennedy y Khrushchov compartían además un entendimiento básico de las líneas rojas. Hoy, esas líneas son ambiguas, las comunicaciones entre Washington y Pekín son limitadas, y los actores secundarios —Corea del Norte, Irán, milicias regionales, actores no estatales— pueden detonar dinámicas que nadie controla.
Proliferación nuclear. A medida que el paraguas nuclear estadounidense se vuelve menos creíble en Europa, en Asia oriental y en el Golfo, los aliados tradicionales —Corea del Sur, Japón, Polonia, Arabia Saudita, los Emiratos— consideran abiertamente desarrollar capacidades nucleares propias. Un mundo con quince o veinte potencias nucleares es un mundo cualitativamente más peligroso que el actual. Y los grandes tratados de control de armas construidos durante la Guerra Fría se erosionan en distintos frentes: el Tratado INF —que prohibía los misiles de alcance medio entre Estados Unidos y Rusia— expiró en 2019; el New START —el último gran acuerdo que limita los arsenales nucleares de las dos potencias— expira en febrero de 2026, con Rusia suspendiendo su aplicación desde 2023; y el Tratado de No Proliferación, aún en vigor, se debilita por la situación de los Estados nucleares de hecho que nunca lo firmaron.
Fracaso climático. El cambio climático es, por construcción, el problema más global de todos. Su gestión requiere acción colectiva sostenida durante décadas. Pero las dinámicas del periodo —fragmentación, proteccionismo, desconfianza mutua— son la antítesis de lo que se necesita. La probabilidad de que el calentamiento global supere los 2°C, e incluso los 3°C, sobre los niveles preindustriales se eleva con cada año que las grandes economías priorizan la seguridad energética nacional sobre la transición coordinada. Las consecuencias —sequías, hambrunas, desplazamientos masivos, conflictos por recursos— retroalimentarán todas las demás dinámicas.
Pandemias mal gestionadas. La pandemia de COVID-19 fue, en términos sanitarios, relativamente benigna comparada con lo que un agente patógeno verdaderamente letal podría causar. Sin embargo, mostró la fragilidad de la cooperación global ante una crisis sanitaria mayor: nacionalismo de las vacunas, restricciones de viaje descoordinadas, acusaciones cruzadas entre potencias, censura sobre el origen del virus. La próxima pandemia podría ser peor en sí misma y, simultáneamente, encontrar al mundo aún menos preparado para gestionarla colectivamente.
Gobernanza fallida de tecnologías emergentes. La inteligencia artificial, la biotecnología, las armas autónomas, la geoingeniería climática: todas estas tecnologías requieren una gobernanza global coordinada que el mundo actual no es capaz de proveer. Los regímenes nacionales fragmentados producen una carrera regulatoria hacia abajo, donde cada Estado intenta atraer inversión tecnológica relajando sus estándares. El resultado es un mundo crecientemente expuesto a riesgos tecnológicos sin precedentes —y sin las arquitecturas institucionales necesarias para gestionarlos—.
Ningún riesgo se materializa solo. La pesadilla específica del periodo es la simultaneidad: una crisis taiwanesa que coincida con una pandemia mal gestionada que coincida con un evento climático extremo que coincida con un colapso financiero. Cada elemento por separado sería manejable. Los cinco juntos pondrían a prueba lo que queda del orden internacional como nunca lo ha sido. Y la probabilidad de que dos o tres de ellos ocurran al tiempo en la próxima década no es despreciable.
La pregunta abierta
El periodo sin hegemón es la condición operante de hoy. No es una pausa entre dos órdenes definidos; es un estado en sí mismo, con sus dinámicas, sus actores y sus peligros propios. Lo que queda por preguntar es de qué manera, en cuánto tiempo y con qué consecuencias termina.
Esa pregunta no tiene una sola respuesta. Tiene varios escenarios posibles, ordenados según probabilidades estimables y consecuencias muy distintas para todos quienes leen estas páginas. El próximo capítulo los examina uno a uno.