Parte III

Los contendientes

Dos globos terráqueos en colisión: civilizaciones rivales encontrándose

«Cuando los dioses quieren castigarnos, atienden nuestras plegarias.» — Oscar Wilde, Un marido ideal (1895)

Si la Parte II diagnosticó el ocaso del Orden Internacional Liberal, esta tercera parte examina a los aspirantes a sucederlo. La pregunta es directa: ¿qué modelo —si alguno— aspira a reemplazar la combinación que organizó el mundo durante setenta años? Es decir: mercados que cruzan fronteras, instituciones que reúnen a muchos países a la vez, y democracias liberales puertas adentro.

Dos candidatos sobresalen. El primero, el capitalismo de Estado chino, ofrece una alternativa concreta y ya en marcha: cuatro décadas en que China multiplicó su riqueza como ningún otro país, y un proyecto —la Iniciativa de la Franja y la Ruta— para llevar su manera de hacer las cosas al resto del mundo. El segundo, el autoritarismo digital, no es un modelo geopolítico sino una manera nueva de gobernar puertas adentro: tecnologías y prácticas que permiten al Estado vigilar, manipular y controlar a su población con una eficiencia que las dictaduras del siglo XX solo podían soñar. No son dos modelos independientes. El segundo es, en buena medida, una creación y una exportación del primero. Aun así conviene examinarlos por separado: cada uno tiene su lógica, sus ventajas, sus grietas y su propio efecto sobre el mundo.

Rusia, Irán y un puñado de potencias regionales no juegan en el mismo equipo: solo coinciden en a quién quieren tumbar. Comparten la voluntad de erosionar las reglas existentes sin compartir un proyecto que las reemplace: ni un eje que los una, ni un bloque ideológico, ni una alternativa formulada. Ningún otro contendiente combina, como China, la escala económica de un imperio con una forma propia y coherente de gobernar que pueda ofrecerle al mundo. Por eso los dos capítulos que siguen se concentran en Pekín y en la tecnología que su modelo ha vuelto exportable.

Ninguno de estos modelos, en su forma actual, puede reemplazar al Orden Liberal por algo que el resto del mundo acepte como legítimo. Ambos cargan contradicciones internas profundas que ponen en duda su viabilidad de largo plazo. Pero esa fragilidad no debe confundirse con irrelevancia: aun siendo imperfectos, son lo suficientemente atractivos para una porción significativa del planeta. Son lo suficientemente potentes para erosionar al Orden anterior sin necesidad de derrotarlo en una confrontación abierta.

El resultado más probable, por tanto, no es un relevo. Es una fractura: el mundo partido en zonas que dejan de entenderse y empiezan a mirarse con sospecha. Esa fractura es el interregno, y es lo que viene a continuación.