JC G·
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Apertura

Prefacio

Mano sosteniendo un sextante de bronce sobre un mar tormentoso; en la distancia, un pequeño sol al horizonte

Hay una conversación de sobremesa que se repite, estos años, en cualquier ciudad latinoamericana o española de clase media. Empieza por una pregunta que nadie quería hacer: ¿esto se está acabando? Quien la formula sabe que «esto» es elástico —la democracia liberal, el orden de posguerra, el capitalismo de reglas, la idea misma de un mundo coordinado— pero también sabe que la sopa que se enfría frente a uno no es coyuntura. Es algo más hondo. Lo siente quien votó toda su vida por candidatos sensatos y descubre que los gobiernos a los que pertenecía dejaron de hablar el idioma de sus padres. Lo siente quien se educó leyendo The Economist y nota que la revista ya no acierta a explicar lo que pasa. Lo siente, sobre todo, quien creció dentro de un orden que parecía garantizado y empieza a sospechar —y la sospecha es la palabra exacta— que ese orden ya no está, aunque sus formas exteriores sigan operando.

Este ensayo parte de esa sospecha. Lo que sospecho, dicho con todas sus letras, es que el orden que organizó al mundo desde 1945 —el de las democracias liberales, las reglas del comercio, los organismos internacionales, todo eso que llamamos sin pensarlo «el mundo occidental»— ya murió. Murió hace algún tiempo. Lo que sigue circulando son sus formas externas —cumbres, tratados, discursos, elecciones— mientras la lógica que les daba sentido se mudó a otra parte. La imagen me la inspiró Yanis Varoufakis, que escribió algo parecido sobre el capitalismo: que el capitalismo murió hace rato y nadie se dio cuenta porque las formas —mercados, empresas, dinero— siguen ahí. Su tesis política es polémica y este ensayo no la compra entera. La imagen, sin embargo, sirve. Trasladada al orden político internacional ayuda a explicar lo que vemos sin tener que negar lo evidente: las instituciones todavía funcionan, pero algo dentro de ellas dejó de funcionar.

Antonio Gramsci, encerrado por Mussolini en una cárcel fascista en los años treinta, dejó la fórmula clásica para nombrar este intervalo: «la crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer; en ese interregno se verifican los fenómenos mórbidos más variados». La versión popular —«en el claroscuro de la crisis surgen los monstruos»— es menos exacta pero más memorable. De ahí saqué el subtítulo de este ensayo: el interregno, ese intervalo prolongado y ambiguo al que los romanos llamaban interregnum, cuando un rey ha muerto, el sucesor no se ha proclamado y la legitimidad flota sin amarras. Lo que sigue es la crónica de ese intervalo.

Lo que sospecho no es invento mío

He leído lo que he podido, y descubrí pronto que muchos vienen diciendo cosas parecidas desde hace años, cada uno desde su esquina. Yascha Mounk lo cuenta desde la política y muestra cómo las democracias se están dejando vencer por dentro, no por afuera. Adam Tooze lo cuenta desde la historia económica y reconstruye cómo y la pandemia de 2020 desnudaron al sistema sin proponérselo. Anne Applebaum lo cuenta como periodista que vio, desde dentro de las familias políticas que ella misma frecuenta, cómo una democracia se desliza hacia el iliberalismo. Wolfgang Streeck es más sombrío y dice directamente que el capitalismo se acaba sin que se vea quién va a reemplazarlo. Ivan Krastev y Stephen Holmes fechan el quiebre en la decepción que dejó Europa del Este después del comunismo. Y, en el otro extremo, Steven Pinker insiste en que las grandes curvas materiales —mortalidad infantil, pobreza extrema, expectativa de vida, violencia entre Estados— siguen mejorando, y que esta sensación de que todo se cae es más cuento que dato.

Cada uno tiene razón en algo. Lo que intento aquí no es decir nada nuevo, es ponerlos a hablar entre sí. Vistos juntos dicen una sola cosa con palabras distintas. Lo que separa a los seis primeros de Pinker no es si las curvas suben o bajan: es si las curvas miden lo que importa. Pinker mide los resultados que el sistema entrega. Streeck mide el suelo sobre el que el sistema se apoya. Las dos cosas son verdad. El ensayo se mueve dentro de esa tensión, sin pretender resolverla.

Por qué publico esto

Si la sospecha es común, ¿por qué un ensayo más? Por dos razones, una pequeña y otra menos. La pequeña es de idioma: casi todo lo serio que se ha escrito sobre esto se escribió en inglés, y para un lector que ya tiene en la cabeza la mitad de los apellidos. El lector hispanohablante general —abogado en Bogotá, médica en Lima, profesor de secundaria en Madrid, ingeniera en Buenos Aires— no los tiene, y no tiene por qué tenerlos. A esa persona le quería hablar, sin pedirle credenciales previas.

La razón menos pequeña es íntima. La sospecha me empezó como pregunta personal, no como tema profesional, y la pregunta personal sigue siendo la que sostiene estas páginas: si lo que sospecho es cierto, y yo qué hago. No la voy a contestar por el lector. Cada uno tiene sus propias cartas, cada uno tendrá su propia versión. Lo que sí puedo hacer es contar cómo me fueron cuajando las pistas, qué encontré cuando las puse en orden, y por qué creo que la pregunta merece ser tomada en serio. No pretendo ser autor de estantería. Soy un tipo que tuvo una sospecha y se sentó a escribirla con orden. Si le sirve a alguien, bien. Si pasa de largo, también.

Un viaje hacia su epílogo

Este ensayo es un viaje hacia su epílogo, no un tratado con epílogo. La diferencia importa: un tratado busca demostrar; un viaje busca llegar. Los capítulos que vienen son la ruta. Saltarse una estación es legítimo, pero el peso de la pregunta final depende del camino. Quien llegue a «¿y yo qué hago?» sin haber atravesado la sospecha cuando esta se vuelve, capítulo a capítulo, más difícil de descartar, encontrará la pregunta más fácil de lo que merece su vida.

Y una palabra sobre lo que el ensayo no es. No es un manifiesto. No es una hoja de ruta. No es una profecía. No promete consuelo. No le dice a los Estados, a las alianzas o a las empresas qué tienen que hacer —para eso hay informes estratégicos en cualquier librería seria, escritos por gente más calificada—. Este ensayo va por otro lado. Quiere ayudar al lector a pensar la transición no como un problema técnico que otros resolverán por él, sino como algo que le está pasando a su tiempo y que vale la pena mirar de frente antes de decidir cómo se lo va a vivir.

La voz que sostiene casi todo el ensayo es la del cronista: tercera persona, alguien que mira con cuidado y cuenta lo que ve. El epílogo es la excepción. Ahí, y solo ahí, escribo en primera persona —porque la pregunta del título solo se sostiene si quien la formula está dispuesto a contestar primero por su cuenta—. El lector encontrará allí una respuesta provisional, de un caso —el mío—, y un mapa de los tipos de respuesta que el debate contemporáneo ofrece. No una receta. La receta hay que escribirla cada uno.

A quién va dirigido

Este ensayo no es para todos. No es, lo digo de entrada, para quien nació con cartas tan magras que el interregno se reduce a sobrevivir el día —para esa persona el problema es otro, más urgente, y este ensayo le quitaría tiempo que no le sobra—. Tampoco es para quien nació con cartas tan amplias que el orden, caiga o no caiga, le seguirá garantizando lo suyo. Está dirigido a la franja del medio, que es donde la pregunta se vuelve viva: a quien intuye que el suelo se mueve y necesita saber por qué; a quien fue educado en las categorías del orden liberal y se pregunta si todavía sirven; a quien desconfía de las explicaciones fáciles, vengan del lado optimista —«todo se arreglará con reformas»— o del catastrofista —«ya nada se puede hacer»—; a quien sospecha que las preguntas grandes —tener hijos en este siglo, quedarse donde se nació, afiliarse a algo más grande que uno mismo— se resuelven peor cuando se evitan que cuando se nombran. A quien está dispuesto, sobre todo, a sostener una pregunta abierta el tiempo necesario para que la respuesta —si la hay— pueda emerger.

Estas páginas no las escribí desde la comodidad de saber. Las escribí desde la incomodidad de no saber, con la convicción de que ese no-saber, asumido con honestidad, es hoy más útil que cualquier certeza prefabricada. Ningún cronista pudo ver completo el final de un orden, porque vivir el final consiste, exactamente, en no saber que es final. Lo que sí pudieron hacer los cronistas mejores fue describirlo con la honestidad que su lugar permitía. Eso es lo que estas páginas intentan.

Una última cosa, antes de empezar. Si el lector cierra el ensayo con la certeza de estar ante una transición epocal y con un mapa preciso para navegarla, el ensayo habrá fracasado en su pretensión más honda. Si, en cambio, lo cierra con la sospecha más clara, los lugares comunes algo más rotos y una versión propia —porque solo propia puede ser— de la pregunta que abre el epílogo, el ensayo habrá hecho su trabajo.