Hay dos maneras opuestas de leer los desórdenes que sacuden al sistema internacional desde mediados de los años dos mil. La primera dice que asistimos a una crisis dentro del orden liberal, severa pero esencialmente cíclica, comparable a otras turbulencias que el sistema ya sorteó —la del Canal de Suez en 1956, las guerras de descolonización, el shock petrolero de los setenta, el final de Bretton WoodsBretton Woods en 1971—. La segunda dice que asistimos al final del orden liberal mismo: se desmoronan a la vez su autoridad, la fe que se le tenía y las bases concretas —económicas y de poder— que lo sostenían. La diferencia entre las dos lecturas es la diferencia entre creer que atravesamos una mala racha y creer que vivimos el fin de una época.
Una tercera lectura, menos discutida en español que las dos anteriores, propone algo todavía más incómodo: que ya pasó. Que el orden cuya muerte algunos diagnostican y otros niegan ya dejó de funcionar en lo esencial —en su capacidad real de imponer reglas—; lo que vemos circulando son sus formas exteriores, todavía vivas en cumbres, comunicados y rituales, mientras la lógica que las animaba se mudó a otro lugar. Esa tercera lectura es la que este capítulo invita a tomar en serio.
El debate tiene cuatro voces que vale la pena oír por separado. Dos estadounidenses fijaron sus polos hacia mediados de los años dos mil diez; dos europeos —un griego y un alemán— aportan un ángulo que los primeros no exploraron.
Mearsheimer: la empresa fallida
La voz más rotunda del bando que da por terminado el orden es la de John Mearsheimer, profesor de la Universidad de Chicago y la figura más insistente de la escuela realistaescuela realista contemporánea. En un ensayo de 2019 titulado Bound to Fail —Condenado al fracaso—, Mearsheimer sostiene que el Orden Internacional LiberalOrden Internacional Liberal posterior a la Guerra Fría estaba destinado a hundirse por sus propias contradicciones internas. La caída de la Unión Soviética eliminó lo que había hecho posible el orden anterior: un enemigo común y temible que mantenía unidas y disciplinadas a las democracias occidentales y las obligaba a actuar en bloque. Sin ese adversario, los Estados Unidos cayeron en lo que Mearsheimer llama, sin esconder el desprecio, excesos liberales: exportar la democracia, imponer el libre comercio total, fundar instituciones globales con jurisdicción sobre asuntos antes considerados soberanos, intervenir militarmente en nombre de doctrinas humanitarias.
Ese expansionismo ideológico fue inviable, dice Mearsheimer, por dos razones. La primera, porque provocó una reacción nacionalista dentro de las propias sociedades occidentales. Los obreros industriales del Medio Oeste, los pequeños comerciantes del norte de Inglaterra, los habitantes de los pueblos olvidados del campo francés sintieron que la globalización liberal les imponía costes sin entregarles beneficios. Respondieron con votos al populismo nacionalistapopulismo nacionalista: Trump, el Brexit, Le Pen, Salvini. La segunda, porque provocó una reacción geopolítica fuera de Occidente: las potencias que querían rehacer las reglas a su favor —China, Rusia, Irán, en distintas proporciones— leyeron la promoción de la democracia y los derechos humanos no como una iniciativa idealista, sino como un proyecto imperial de Occidente para debilitar sus regímenes y rodearlos militarmente. Esa lectura —ajustada o no a las verdaderas intenciones de Washington— produjo una contraofensiva que las democracias liberales no estaban preparadas para enfrentar.
La conclusión de Mearsheimer es contundente: con el poder repartido entre muchos y el fin del dominio único de Estados Unidos, ya no se dan las condiciones que un orden liberal necesita para sostenerse. La vuelta a la vieja competencia entre grandes potencias es inevitable. El Orden Internacional LiberalOrden Internacional Liberal, en su versión de los noventa en adelante, fue una empresa condenada: no por errores de ejecución, sino porque su diseño chocaba con cómo funciona de verdad la política entre los Estados.
Ikenberry: las instituciones resisten
La contrarréplica más completa proviene de G. John Ikenberry, profesor en Princeton y defensor casi obstinado de la viabilidad del orden liberal en el largo plazo. Ikenberry admite que el poder de Estados Unidos está en declive, pero insiste en que lo esencial del Orden —el comercio abierto, las reglas compartidas, la costumbre de cooperar— ya está tan incrustado en el mundo que sobrevivirá a la caída de quien lo creó.
Su razonamiento es práctico. Los países están cada vez más enredados unos con otros —en la economía, el clima, la salud, la tecnología—, y eso no va a parar, porque así está construido el siglo XXI. Mientras siga creciendo ese enredo, los Estados no tendrán más remedio que cooperar para resolver lo que ninguno puede solo. Cambio climático, pandemias, regulación financiera, inteligencia artificial, ciberseguridad: nada de eso se resuelve país por país. Y esa cooperación, dice Ikenberry, terminará apoyándose en las instituciones que ya existen —las del Orden Liberal—, sencillamente porque no hay otras a mano para manejar problemas de escala planetaria.
Además, advierte Ikenberry, el Orden no es lo mismo que el poder de Estados Unidos, ni un solo edificio que se levante o se venga abajo con un único dueño: es una acumulación de muchas piezas —tratados, organismos, normas, costumbres—, cada una con vida propia y su propia inercia. Pueden caer algunas piezas; otras se mantendrán. Puede debilitarse el liderazgo estadounidense; otros actores —la Unión Europea, Japón, Canadá, Australia, y democracias emergentes como Corea del Sur e Indonesia— podrán cargar con cuotas crecientes de responsabilidad.
Varoufakis: las formas sobreviven al contenido
La cuarta voz viene de fuera de la academia convencional. Yanis Varoufakis —economista griego que entre febrero y julio de 2015 fue ministro de Finanzas de Alexis Tsipras y vio desde el cargo cómo las instituciones europeas trataban a su país como a un deudor moroso— dejó la política y volvió a la teoría. En 2023 publicó Tecnofeudalismo, un libro corto y duro donde sostiene una tesis incómoda sobre el capitalismo: el capitalismo, dice, ya murió. Lo mató su propia mutación —el «capital de la nube», la concentración del valor en plataformas digitales que extraen renta antes que ganancia—. Y no lo vemos porque las formas exteriores del capitalismo —mercados, dinero, empresas— siguen ahí ocultando que la lógica interna es ya otra.
La tesis de Varoufakis es sobre el capitalismo. Pero la imagen que la sostiene —las formas sobreviven al contenido— sirve, casi sin retoques, para pensar el orden internacional liberalorden internacional liberal. Trasladada al orden internacional: lo que de verdad lo hacía funcionar —una autoridad multilateralmultilateral que se cumplía, reglas que obligaban igual a los grandes y a los pequeños, instituciones capaces de arbitrar un conflicto y ser obedecidas— ya murió. Lo que vemos circulando —las cumbres, los comunicados, los votos de la ONU, los tratados firmados— es la cáscara administrativa que sobrevive a la lógica interna que la sostenía. La Corte Penal Internacional emite órdenes de arresto contra jefes de Estado que los gobiernos miembros se niegan a ejecutar. El Consejo de Seguridad veta en cruzado las resoluciones sobre Ucrania y Gaza. La Organización Mundial del Comercio quedó paralizada cuando Estados Unidos se negó a renovar a los jueces de su órgano de apelación. Cada una de esas instituciones sigue existiendo. Ninguna obliga ya como antes obligaba.
La diferencia entre los dos es de fondo. Mearsheimer dice: el Orden está fracasando porque cambiaron las condiciones que lo sostenían. Varoufakis dice: el Orden ya falló; lo que vemos son sus rituales póstumos. Uno cree que algo está pasando ahora; el otro, que ya pasó.
Trasladar la imagen de Varoufakis tiene un límite: él tiene un culpable preciso para la muerte del capitalismo —las plataformas digitales, que cobran peaje en vez de vender—, mientras que al orden internacional ningún hecho único lo vació. Aun así, ordena lo que hoy se ve en las instituciones mejor que la teoría realista o la liberal.
Streeck: la decadencia sin sucesor
Wolfgang Streeck, sociólogo emérito del Instituto Max Planck de Colonia y una de las figuras centrales de la sociología económica europea, sostiene desde ¿Cómo terminará el capitalismo? —publicado originalmente en 2016— una tesis paralela a la de Varoufakis pero con un acento distinto. Para Streeck, el sistema no muere reemplazado por su sucesor: muere primero, y se queda largo tiempo así, sin sucesor a la vista. La imagen es la del régimen zombi: no vivo, no muerto del todo, sostenido por la inercia de sus propias formas hasta que algo —una crisis externa, una mutación tecnológica, una guerra mayor— lo retire de circulación.
Trasladada al Orden Internacional LiberalOrden Internacional Liberal, la lectura de Streeck añade un elemento que las otras tres no contenían: el interregnointerregno puede ser largo. Mucho más largo de lo que la ansiedad de hoy supone. El sistema westfaliano necesitó casi un siglo para emerger después de las guerras de religión; el orden liberal de 1945 emergió rápido, pero después de tres décadas de catástrofe; el interregno que vivimos puede durar lo que tarde en agotarse la inercia de un Orden al que ya no respalda su contenido, más lo que tarde en formarse su sucesor —si es que llega—. Vivir el interregno, dice implícitamente Streeck, no es esperar el nuevo orden. Es habitar un mundo de instituciones zombis hasta que alguna estructura nueva tenga la energía y la legitimidad para reemplazarlas.
La inclinación del ensayo
Las cuatro lecturas miran la misma escena —instituciones que aún votan pero ya no obligan, potencias dominantes en duda, nuevos contendientes que ascienden, ciudadanos que ya no le creen a sus gobiernos— y sacan conclusiones distintas según qué parte de esa escena miren.
La apuesta de Ikenberry —que las instituciones son resistentes— es la más generosa y, por eso mismo, la más vulnerable a una objeción simple: confunde que una institución exista con que mande. Que la Organización Mundial del Comercio siga en su sede de Ginebra no implica que cumpla su función arbitral; que la ONU siga celebrando asambleas anuales no implica que sus decisiones obliguen a alguien. La distinción es la misma que hicieron los romanos del siglo V al ver el Senado seguir reuniéndose mientras los reyes godos administraban Italia: la forma seguía, la sustancia se había ido. Que las instituciones sigan en pie no prueba que sigan funcionando —solo que el rito continúa.
La lectura realista de Mearsheimer acierta sobre los hechos de fondo —el fin del dominio único, el poder repartido— pero se queda corta en lo cualitativo. No es solo que el Orden esté fracasando por sus contradicciones: es que esas contradicciones ya lo mataron, en su sustancia, sin que termináramos de notarlo. Mearsheimer observa una crisis. Varoufakis observa un cadáver.
Si hay que apostar, este ensayo apuesta por la imagen de Varoufakis, matizada por la advertencia de Streeck: esto puede durar mucho. El Orden Internacional LiberalOrden Internacional Liberal ya murió por dentro; lo que vemos circulando son sus formas externas, que conservan inercia y pueden seguir en pie años. Las cumbres seguirán. Los comunicados seguirán. Los tratados se firmarán y se romperán. Pero la autoridad real ya no está donde sus formas sugieren que está. Está, cada vez más, en otra parte: en los Estados que actúan como mejor les parece, en las plataformas digitales que regulan más vidas que la mayoría de los Estados, en los acuerdos bilaterales que reemplazan a los multilateralesmultilaterales, en los bloques regionales que se arman cada uno con sus propias reglas. Los países no dejan de estar enredados unos con otros —Ikenberry tiene razón en eso—, pero ese enredo deja de estar gobernado por las instituciones que se crearon después de 1945. Se vuelve un pulso de fuerzas sin árbitro creíble.
Llamar a esto «crisis» subestima lo que pasó. Llamarlo «colapso» exagera la velocidad: nada cayó de golpe, todo se vacía despacio. Vivimos un largo después: la sustancia ya se fue, pero las formas todavía no se reemplazan. La etiqueta «postliberal» dice qué dejamos atrás, no cuánto durará el tránsito.
Queda la pregunta incómoda: ¿por qué creer que esta vez es diferente? Hubo mil instancias del siglo XX en que se anunció el fin del orden vigente y el orden siguió: Suez en 1956, el shock petrolero de 1973, el final de Bretton WoodsBretton Woods, el desastre estadounidense en Vietnam, las dictaduras del Cono Sur, la caída de Saigón. En ninguno de esos momentos, mirado desde el siguiente, el orden había muerto. Apenas se había sacudido. ¿Qué autoriza a decir que ahora sí?
La respuesta honesta es que no la tengo cerrada. Desde adentro, ningún contemporáneo ha sabido nunca si la sacudida que vivía era pasajera o terminal: Roma no supo que estaba siendo Roma; los que firmaron en Münster y Osnabrück creyeron que cerraban una guerra, no que abrían cinco siglos de Estado moderno. Pero algo veo, y por eso este ensayo se inclina hacia Varoufakis: los cuatro indicadores del modelo del Capítulo 4 —las cuentas públicas que no cierran, las élites enfrentadas, la incapacidad de reformarse y el abismo entre lo que el sistema promete y lo que cumple— se encienden hoy todos a la vez, como no los vi encenderse en ninguna sacudida del siglo XX. Y aparece algo que el siglo pasado no tuvo junto: se desmorona el árbitro común que ordenaba el mundo —los dos capítulos que siguen lo documentan— al mismo tiempo que el ciudadano deja de creer en las palabras con que se le gobierna. Las dos cosas a la vez no se parecen a las crisis del siglo pasado, que siempre dejaron en pie al menos una de las dos columnas. Es la mejor lectura que puedo ofrecer de lo que tengo delante.
El pecado original: querer mandar solo
La diferencia entre el Orden Liberal de la Guerra Fría —acotado, prudente, que se ponía sus propios límites— y el Orden Postliberal de la era en que Washington no tuvo rival —ambicioso, entrometido, triunfalista— explica por qué la sustancia se fue antes que las formas. El primero coordinaba países soberanos en torno a reglas comunes. El segundo quiso ir más lejos: pasar pedazos de poder por encima de los Estados, en nombre de causas globales —derechos humanos universales, justicia penal internacional, metas climáticas, reglas migratorias—. Esa diferencia no es cosmética: está en el centro del vaciamiento de hoy.
El paso de un orden al otro le abrió cuatro grietas a la vez, y ninguna llegó a cerrarse.
La económica fue la más visible. La promoción agresiva de políticas neoliberales y de la globalización extrema se vivió, con razón, como un beneficio para una pequeña élite global a costa de las clases trabajadoras y medias de cada país. Las cifras hablan solas. Entre 1980 y 2020, la tajada del uno por ciento más rico en el ingreso de Estados Unidos casi se duplicó: pasó de cerca del diez al veinte por ciento. En ese mismo cuarto de siglo, la clase media occidental vivió —por primera vez desde 1945— un estancamiento o un retroceso. Los grandes ganadores fueron otros: las clases medias emergentes de Asia y el uno por ciento global, que, según el World Inequality Report 2022, se quedó con cerca del cuarenta por ciento de toda la riqueza nueva del planeta desde mediados de los noventa. El populismo nacionalistapopulismo nacionalista que apareció en los 2010 no salió de la nada: fue la reacción a esa fractura. Su rabia tenía razones; sus soluciones, casi nunca.
La política fue la más amarga. La agenda postliberal —intervenir en otros países en nombre de los derechos humanos, expandir la OTAN, medir con doble vara a amigos y enemigos— se vio, en buena parte del mundo en desarrollo y entre las potencias que querían rehacer las reglas, como pura hipocresía. Cuando las democracias occidentales bombardearon Belgrado en 1999 sin autorización del Consejo de Seguridad, invadieron Irak en 2003 con pretextos falsos, derrocaron al gobierno libio en 2011 con consecuencias catastróficas para el Sahel, y luego se escandalizaron de la anexión rusa de Crimea en 2014, una buena parte del mundo dejó de creer en el «orden basado en reglas»: lo vio como una tapadera del «orden basado en intereses occidentales». Esa pérdida de legitimidad moral es uno de los costos invisibles más caros que ha pagado el Orden, y es prácticamente irrecuperable.
La institucional fue la más silenciosa. Se les dio a las organizaciones internacionales poderes que antes eran de los Estados, pero no se les dio, al mismo tiempo, un respaldo electoral que los hiciera legítimos. La Unión Europea es el caso más claro: una estructura con enormes poderes para regular, gastar y juzgar, pero sin un pueblo europeo que la vote y la sienta suya. El Brexit fue, entre otras cosas, una rebelión contra ese vacío: mucho poder, poco voto.
Y estaba la cultural, la que los noventa no vieron venir. El sueño cosmopolita de esos años chocó con algo más terco: el apego de la gente a su nación, su región, su pueblo. La apuesta liberal de los noventa —que la economía abierta borraría las identidades de cada pueblo y produciría una ciudadanía global ilustrada— resultó ser, sobre todo, el deseo de la propia clase académica, profesional y mediática que mandaba en el Orden, confundido con un pronóstico. La realidad fue más obstinada. La identidad nacional, la religión, la lengua, las costumbres, las lealtades locales no desaparecieron: muchas veces, apretadas por la globalización, se reforzaron a la defensiva, y en algunos casos se radicalizaron.
El sistema se vacía
Así llegamos a la siguiente paradoja. Los problemas que hoy golpean al Orden —el populismopopulismo por dentro, las potencias rivales por fuera, la pérdida de autoridad moral, las instituciones quebradas— no le llegaron de afuera, como una enfermedad a un cuerpo sano: salieron de su propia evolución después de la Guerra Fría.
El sistema no se vació por el empuje de sus enemigos, sino por el peso de su propia ambición de mandar solo.
Los Estados Unidos, después de 1989, intentaron estirar el alcance del Orden mucho más allá de lo que su capacidad económica, su voluntad política y su legitimidad moral podían sostener. Los desafíos contemporáneos —los hombres fuertes que llegaron al poder montados en la rabia contra el orden establecido, de Trump a Orbán, de Putin a Modi, y las masas que los votaron en todos los continentes— son la factura tardía de aquel exceso.
Y algo incómodo se desprende de todo esto: no hay vuelta al orden de los noventa, ni paquete de reformas técnicas que lo resucite. Ese orden específico terminó. Quien piense la transición desde la nostalgia del Orden de Clinton —o del Orden de Obama, o del consenso liberal que parecía irreversible en 1995— estará pensando un fantasma. La pregunta no es cómo recuperar lo que ya no está. La pregunta es cómo se vive sin ello.
Nada de esto es abstracto: se ve, capítulo a capítulo. En el próximo, las instituciones que aún votan pero ya no obligan; en el siguiente, el ciudadano que dejó de creerle a quienes lo gobiernan. Porque no estamos viendo caer el Orden. Estamos viendo lo que quedó después de que cayó.