Parte III · Capítulo 20

Blue Monday

El día más triste del año lo inventó una agencia de viajes, para venderte el tiquete. En 2005, una agencia llamada Sky Travel encargó un «estudio» para saber cuál era el mejor día para lanzar sus promociones y que la gente subiera el ánimo comprándolas. El barniz científico lo puso Cliff Arnall, quien aseguró haber encontrado una ecuación cuyo resultado era el día más deprimente del calendario: el tercer lunes de enero. Meses después, la Universidad de Cardiff, de donde Arnall decía ser profesor, salió a rectificar que el señor no trabajaba ahí. Pero ya era tarde: la historia había surtido su efecto y, desde entonces, se dice que el tercer lunes de enero es el día más triste del año (blue Monday).

Desde hace diez años, cada tercer lunes de enero los periódicos y blogs en internet escriben artículos sobre el tema, en redes sociales las personas hacen del Blue Monday una tendencia, y se acepta que se trata del día más deprimente del año. Esta fecha se ha convertido en una profecía autocumplida: una definición «falsa» de una situación que despierta un nuevo comportamiento que hace que la falsa concepción original de la situación se vuelva «verdadera», en palabras de Robert Merton.

Muchas cosas, como esta fecha, parecen un diagnóstico real; en este caso, se afirma que todo se basó en estudio científico que tuvo en cuenta variables como el clima, el salario, las deudas, el tiempo transcurrido desde Navidad y el hecho de que para entonces la mayoría hemos fallado en nuestros propósitos del año nuevo, por ejemplo. Sin embargo, este fenómeno ocurre con más frecuencia de la que imaginamos en otros aspectos de nuestras vidas: creer ciegamente en algo en nuestras finanzas personales (como que la plata no alcanza) o que planear no sirve de nada, o que cada día trae su afán y que hay que preocuparse es por hoy porque el futuro es incierto, nos lleva a adoptar ciertos comportamientos, de manera casi inconsciente, que pueden terminar por “confirmar” lo que habíamos predicho.

Esto sucede porque no reaccionamos a la realidad de las situaciones que enfrentamos sino a la forma en la que percibimos esas situaciones y al significado que le damos a las mismas. En otras palabras, nos comportamos según la forma en la que creemos ver las cosas y según las interpretamos en lugar de como son realmente. Una vez “estamos seguros” de que una situación tiene un cierto sentido, no importa si realmente lo tiene o no, nuestra conducta se adaptará a esa percepción y esa misma conducta tendrá consecuencias en el mundo real.

¡Pero cuidado! Somos nosotros los que tenemos el control sobre lo que nos pasa en nuestra vida, no al contrario. Y seamos honestos: hay arriendos que de verdad no alcanzan, y esa restricción es tan real como la cuenta de cobro. Pero una cosa es el saldo que marca la cuenta y otra la historia que nos contamos sobre él, y sobre esa historia sí mandamos nosotros: somos nosotros los que decidimos si nuestro salario alcanza o no porque somos nosotros quienes decidimos qué tiene significado en nuestra vida desde el ser y desde el tener. Una forma de que nuestras finanzas personales no se conviertan en una profecía autocumplida consiste en desarrollar hábitos de planeación y seguimiento de nuestros gastos, por ejemplo.

Parte de la razón por la que terminamos creyéndonos la profecía de que siempre fallamos en nuestros propósitos financieros tiene que ver con la forma en la que los planeamos: generalmente son muy generales, o ni siquiera logramos acordarnos de cuáles son los que queríamos lograr en un momento dado. Para que empecemos a planear mejor les recomendamos una herramienta que se llama intenciones de implementación.

Cómo aplicar la técnica de intenciones de implementación y enfrentar el Blue Monday

Llevarla a la práctica es muy simple: la próxima vez que vayamos a enunciar un propósito hagámoslo atándolo a una situación concreta a la que sepamos que nos vamos a ver enfrentados; realizar una determinada acción estará condicionado por la aparición de esa situación, razón por la cual, será importante utilizar las palabras clave SI y ENTONCES al formular lo que queremos hacer. Veámoslo con dos ejemplos:

SI llego el jueves antes de las 8 a.m. a la oficina, ENTONCES dedicaré una hora para hacer el presupuesto de la próxima quincena.

SI esta semana recibo el pago del mes antes de las 4 de la tarde, ENTONCES iré inmediatamente al banco a abonar $100.000 a la tarjeta de crédito.

Esta forma de enunciar nuestros propósitos funciona porque tiene explícita una declaración de cuándo y dónde haremos lo que tenemos que hacer. En consecuencia, empezaremos a crear detonantes de comportamientos que queremos lograr.

Como cualquier herramienta, no se trata de una regla de oro, o una fórmula mágica para que sucedan las cosas: es una ayuda modesta, y ahí está su valor, no su límite. Cuando los economistas Stefano DellaVigna y Elizabeth Linos revisaron cientos de estos empujones al comportamiento puestos a prueba fuera del laboratorio, hallaron que en el mundo real mueven la conducta cerca de una sexta parte de lo que prometían los estudios académicos. Rinde más cuando el propósito es muy específico (fecha, monto y canal exactos), cuando lo reforzamos con recordatorios y, sobre todo, cuando lo acompañamos de estructura. Porque el principal enemigo somos nosotros mismos, y contra eso la fuerza de voluntad rinde poco: lo que de verdad sostiene un hábito es el sistema. Una transferencia automática el día de pago hace sola lo que a nosotros se nos olvida; los sistemas le ganan a las metas. Con eso claro, vale la pena darle el beneficio de la duda y comprobar los beneficios que su creador, el psicólogo Peter Gollwitzer, asegura que tiene.

En palabras de Viktor Frankl, y a partir de ahora, obremos así: “como si [viviéramos] por segunda vez y la primera vez lo [hubiéramos] hecho tan desacertadamente como [estamos] a punto de hacerlo ahora”.

Publicado originalmente en Tranqui Finanzas (2018) · archivo ↗