Parte II · Capítulo 12

Comprometerse a ahorrar

Ulises sabía que no iba a resistir el canto de las sirenas. Sabía que, apenas lo escuchara, querría lanzarse al agua o virar el barco hacia las rocas. Así que, antes de acercarse, tomó una decisión sobre sí mismo: ordenó a sus remeros taparse los oídos con cera y que a él lo amarraran al mástil, con la orden expresa de no soltarlo por más que lo suplicara. Cuando el canto llegó y Ulises rogó que lo liberaran, la cuerda ya había decidido por él.

Lo valioso de la historia está en la paradoja: Ulises se blindó precisamente porque sabía que iba a ser débil. En lugar de confiar en su fuerza de voluntad, la dio por perdida de antemano y armó las cosas para que su debilidad no tuviera la última palabra. Ese truco, tan viejo como la Odisea, tiene un nombre en la economía del comportamiento y una aplicación muy concreta para tus ahorros.

¿Qué es y cómo aplicar un mecanismo de compromiso?

Piensa un momento en qué quieres lograr o cambiar. Quizás quieras empezar con el método bola de nieve, llamar a un banco para preguntar si te compra la cartera que tienes con otro, o pedirle a una reparadora de crédito una propuesta para empezar a salir de deudas.

En finanzas personales, las cosas no pasan porque las deseemos; pasan porque nosotros las hacemos pasar. Y sin embargo, aunque nos planteamos objetivos y metas, muchas veces, cuando llega el futuro, descubrimos que avanzamos poco o nada en su cumplimiento.

Una de las principales razones por las que constantemente fallamos en cumplir nuestros objetivos tiene que ver con que, en el día a día, vamos cediendo a un sinnúmero de pequeñas tentaciones que nos alejan de la meta a la que queríamos llegar. A veces, incluso, ni siquiera somos capaces de dar el primer paso y hacer la llamada que tenemos que hacer, o enviar los documentos que tenemos que enviar. La buena noticia es que hay algo que podemos hacer al respecto: diseñar mecanismos de compromiso.

Un mecanismo de compromiso es un trato que hacemos con nosotros mismos, mediante el cual nos comprometemos con una acción o un resultado a futuro haciendo que ciertas acciones que podrían alejarnos de ese objetivo sean más costosas o, incluso, inalcanzables.

Ese trato admite grados. Hay compromisos duros, como guardar la plata en un producto con candado que cobra una penalidad si la sacas antes de tiempo, y compromisos blandos, como abrir una cuenta aparte, programar un débito automático el día que te pagan o ponerle nombre propio a ese dinero. Si apenas vas a empezar, arranca por el blando: la primera cuerda que ya te cueste un poco soltar es suficiente.

Y aquí aparece lo contraintuitivo. Solemos pensar en el compromiso como un pacto contra nuestro propio yo impulsivo, contra el antojo del viernes. Pero cuando un equipo de economistas encabezado por Steinert puso la idea a prueba en 2022, con más de mil quinientas personas, encontró algo distinto: quienes recibieron una especie de alcancía con candado ahorraron cerca de un 19% más, y el efecto se mantuvo casi dos años. Lo curioso fue por qué. El candado no les frenó los antojos (el gasto en tentaciones siguió casi igual); lo que frenó fueron los reclamos de los demás. Los aportes que enviaban a sus familias cayeron alrededor de un 35%. La plata bajo llave era plata que ya no había que explicar, ni prestar, ni repartir.

Atarte al mástil, entonces, no solo te protege de ti mismo; también protege tu dinero de las sirenas ajenas, del «me lo prestas y te lo pago» que nunca vuelve, del sablazo de última hora. Como Ulises, la decisión más importante no la tomas cuando canta la sirena. La tomas antes, cuando todavía puedes atarte.

Publicado originalmente en Tranqui Finanzas (2017) · archivo ↗