Parte II · Capítulo 11

Los hábitos financieros

Todos los días, al salir del trabajo, alguien pasa por la misma pastelería y compra un mini-brownie. Le parecen los mejores de la zona y son la distracción perfecta para los diez minutos que dura la caminata a casa. Un gesto pequeño, casi invisible. Y sin embargo, repetido día tras día, ese brownie puede costarle cerca de 500 dólares al año.

Nadie decide cada tarde, con papel y lápiz, gastarse esa plata; la decisión se tomó una sola vez y el resto es puro hábito. Así funciona buena parte de nuestra vida: mientras trabajamos, mientras interactuamos con otras personas o nos divertimos, repetimos una y otra vez ciertas acciones. Y muchas de ellas las repetimos en lo que Wendy Wood, de la Universidad del Sur de California, llama circunstancias estables: un lugar, una hora, un ánimo, unas personas. En resumen, somos una especie ligada a los hábitos.

Las asociaciones que hace nuestro cerebro para crear hábitos están separadas en nuestros sistemas de memoria y aprendizaje de nuestras intenciones o de decisiones para alcanzar un objetivo determinado. La razón tiene que ver con que lo regular o lo rutinaria que sea nuestra vida diaria es la que termina por crear hábitos; nuestro cerebro aprendió a asociar, a través de la repetición, acciones con lugares, momentos u otros elementos de nuestro entorno, de forma que esa asociación dispara automáticamente un comportamiento siempre que el estímulo en el que lo hayamos repetido antes sea estable en nuestro entorno.

Esto tiene tres implicaciones en nuestras finanzas personales. La primera: que buena parte de los errores (y aciertos también) que cometemos manejando nuestra propia economía son predecibles. La segunda: que si queremos empezar a cambiar nuestra situación financiera hay que hacer un pequeño análisis del tipo de comportamientos que estamos teniendo con nuestro dinero. Y la tercera: que no basta con tener la intención de cambiar, hay algo más que debemos hacer.

Miremos entonces cuáles son esas lecciones que podemos llevarnos.

Al menos 20 estudios en los últimos 15 años han demostrado que en cierto punto aquellos comportamientos que repetimos en circunstancias estables dejan de depender de nuestras intenciones o normas personales y se convierten en acciones automáticas que se disparan ante la presencia de un estímulo. El brownie de la pastelería es justo eso: nadie vuelve a elegirlo cada tarde, el estímulo (salir del trabajo, esa esquina, esa hora) activa la compra por su cuenta.

Nuestras acciones diarias tienen efecto en nuestras finanzas. Y no se trata de no darnos gusto, sino de ser más conscientes de cómo lo hacemos; esos hábitos inconscientes pueden afectar de forma positiva o negativa nuestro bolsillo.

Esto nos lleva a una segunda lección y es que existen dos tipos de comportamientos: los hábitos fuertes y los que son relativamente nuevos para nosotros, esos que hasta ahora empezamos a realizar. Los hábitos fuertes son aquellos que se han alejado del control de nuestra intención; dependen en su mayor parte del contexto, es decir, de una hora del día, de una persona con la que estamos, de un lugar en el que nos encontramos; y para tratar de cambiar un comportamiento de estos no basta con desearlo fuertemente.

Por el contrario, cuando nos enfrentamos a nuevos escenarios o estamos identificando un comportamiento que hemos empezado a realizar desde hace poco tiempo, digamos menos de dos meses, se trata del tipo de actividades que se pueden modificar fácilmente con nuestra intención. Ese plazo, eso sí, es apenas una guía: la fuerza de un hábito se acumula de a poco, como una pendiente, y el momento en que una conducta se vuelve automática cambia mucho de una persona a otra y de un comportamiento a otro. En estos casos, si queremos cambiarlo podemos ir transformándolo, a través de la repetición, en un hábito saludable cambiando la recompensa que le enseñamos a desear a nuestro cerebro por algo que esté en línea con nuestros objetivos de vida.

Esto da pie para empatar con la tercera y última lección: los mecanismos psicológicos por los cuales creamos hábitos adecuados y no adecuados en nuestra vida y en nuestras finanzas personales nacen en algún momento de nuestras decisiones conscientes y a medida que estas acciones se vuelven repetitivas en circunstancias estables, nuestra memoria las automatiza tejiendo un fuerte vínculo entre el contexto en el que algo sucede con frecuencia y una acción determinada.

En el fondo de cualquier proceso de cambio en nuestras finanzas personales hay una verdad que parece muy evidente pero vale la pena rescatar: nada ni nadie puede hacernos cambiar a menos que realmente queramos cambiar. Sin embargo, cuando se trata de comportamientos que se han convertido en hábitos fuertes, la intención no es suficiente para cambiar.

Lo que proponen Wood y otros es que debemos también echar mano del contexto y hacer cambios en él. Estos cambios pueden ser tan drásticos como sea nuestra voluntad de cambio y pueden transformar nuestro comportamiento porque rompen el mecanismo de asociación entre estímulos y acciones que crea nuestro cerebro. Cambiar el contexto sube tus probabilidades, no las garantiza; por eso conviene combinarlo con automatización y compromiso, no confiarlo a un solo gesto. ¿No vas al gimnasio por ver tus series favoritas en Netflix? cancela tu suscripción en casa y oblígate a verlas solo en la caminadora que hay en el gimnasio. ¿Quieres dejar de gastar en las tartaletas que compras todos los días de camino a tu casa para poder viajar el otro año al destino que siempre has soñado? Cambia de ruta, pídele a un amigo que te lleve a tu casa, o cambia de casa.

Y en las finanzas hay un cambio de contexto más poderoso que cualquiera de esos: poner el ahorro en piloto automático. Una transferencia programada el día de pago, que salga sola hacia una cuenta de difícil acceso, ahorra por ti antes de que el dinero pase por tus manos y te tiente. No olvidemos que el principal enemigo de nuestros ahorros somos nosotros mismos; automatizar es, sencillamente, quitarnos del medio.

La propuesta para esta semana es entender que una gran cantidad de actividades que hacemos todos los días no son decisiones conscientes sino hábitos. Por ende, tratemos de hacer una lista de cómo estos hábitos estan impactando nuestras finanzas personales. Si se trata de un habito fuerte, es recomendable preguntarnos cómo podríamos cambiar el contexto del que de ese hábito depende, por ejemplo (anticipar una acción a esa hora del día, cambiar el espacio en el que nos encontramos, cambiar la persona con la que nos encontramos o la ruta para evitar comer ese brownie. O bien, si queremos adoptar un nuevo comportamiento, podemos utilizar estrategias como hacer un compromiso con nosotros o pedirle ayuda a otros y manifestar nuestra intención con ellos para lograr mejorar nuestras finanzas.

Publicado originalmente en Tranqui Finanzas (2018) · archivo ↗