Parte I · Capítulo 2

Los costos hundidos

¿Te has encontrado pensando en algún momento de la siguiente forma o has escuchado a alguien hacerlo?:

  • Llevo 6 semestres estudiando mi carrera y, la verdad, no me gusta para nada. Pero ya que he empezado, la voy a terminar.
  • Compré ese vestido hace 5 años y solo me lo he puesto una vez, pero me costó $8 mil pesos… me da pesar tener que regalarlo por $800 aunque ya no lo use.
  • El plan de mercadeo que emprendimos en nuestra compañía no funciona, pero ya que hemos invertido $500,000 sería ilógico abortarlo. Si paramos ahora se irá todo ese dinero por la borda.
  • He invertido tanta energía emocional en esta relación que sería una equivocación abandonarla ahora.

Todas estas situaciones tienen algo en común: se trata de una decisión que hemos tomado en el pasado, que involucra costos o inversiones que ya realizamos y que no podemos recuperar, y sobre la que sentimos algún tipo de pesar o arrepentimiento. A estos costos del pasado, por los que ya hemos pagado y que no pueden reponerse los conocemos como costos hundidos.

Dónde está la trampa

La trampa está en que, en el escenario ideal, deberíamos considerar únicamente los costos futuros de una decisión; sin embargo, es usual que terminemos atándonos emocionalmente a aquellos que ya son parte del pasado e irrecuperables. En otras palabras, una decisión fue haber comprado o no ese vestido, empezado esa carrera, empezar esa relación… pero la decisión de vender el vestido, cambiar de carrera o terminar la relación es otra decisión sobre la cual deberíamos considerar únicamente nuestras expectativas a futuro, no nuestros sentimientos sobre el pasado. La regla es simple: hoy no estás continuando la decisión de ayer; estás tomando una nueva, y a la nueva solo entra el futuro.

La razón por la que actuamos de esta forma tiene una explicación: las decisiones que tuvimos que tomar como especie (evolutivamente hablando) se caracterizaron por estar rodeadas de gran incertidumbre y el hecho de tener tan poca seguridad sobre nuestro futuro terminó por llevarnos a asignar más urgencia a evitar amenazas que a maximizar oportunidades.

Con el paso de siglos y siglos la posibilidad de perder se convirtió en una motivación mucho más fuerte en nuestro comportamiento que la promesa de ganar; como resultado, la carga emocional que nos produce perder es mucho más fuerte que la carga emocional que nos produce ganar y en consecuencia, evitamos a toda costa perder o tener que reconocer que perdimos.

En uno de los episodios anteriores, cuando hablábamos de riesgo lo comprobamos con un pequeño ejercicio:

  • Cuando a las personas nos piden escoger entre una ganancia segura, digamos de $3000 dólares, o una probabilidad del 80% de ganar $4000 dólares y un 20% de no ganar nada… generalmente elegimos la ganancia segura.
  • Sin embargo, cuando nos piden elegir entre una pérdida segura de $3000 dólares, o una probabilidad del 80% de perder $4000 dólares y un 20% de no perder nada… generalmente elegimos jugar con la probabilidad que nos da la opción de no tener que perder.

Ese mismo desagrado a perder es el que nos lleva a justificar, en una decisión, la alternativa según la cual tenemos que continuar con lo que ya hemos hecho solamente porque ya hemos invertido suficiente tiempo o dinero y creyendo que parar de hacer lo que veníamos haciendo sería botar todo a la basura. La verdad es que esos costos de cualquier forma son irrecuperables.

Por qué es importante identificar esos costos hundidos

Los costos hundidos conllevan dos problemas en nuestras finanzas personales:

Activan el mecanismo de solución de disonancias cognitivas

Recordemos que una disonancia cognitiva es ese malestar físico y emocional que sentimos cuando algo no resulta de la forma en la que esperábamos. Nuestro cerebro tiene un mecanismo natural para resolver esa incomodidad que consiste en buscar una justificación que permita aliviarla.

En lugar de reconocer un costo hundido, es más frecuente que busquemos una justificación de por qué deberíamos continuar haciendo lo que hemos venido haciendo, dado que sería incómodo aceptar que hemos invertido tiempo y dinero en algo que no parece tener mucho futuro.

El "optimismo ingenuo"

Ese mismo mecanismo de solución de disonancias cognitivas activa lo que yo llamo el optimismo ingenuo, que es esa tendencia que tenemos a creer que inevitablemente todo va a salir bien solo porque hasta ahora nada parece que pueda salir peor. Es como decir que si después de estar viendo una película por una hora, y esta no va bien, lo mejor es esperar porque seguro dejaron lo mejor para el final.

Qué hacer entonces

Como muchas de las trampas de racionalidad sobre las que hemos conversado aquí, buena parte de la solución tiene que ver con ser conscientes y estar alertas de las situaciones en las que nos enfrentamos a costos hundidos. Cuando estemos en una de estas situaciones consideremos ambos lados de la moneda, no solo aquel que está en línea con nuestro temor a perder; recordemos que toda decisión tiene involucrado un costo de oportunidad: eso que dejamos que hacer, ser o tener por tomar una alternativa y no la otra.

Si una situación no va a mejorar a pesar de que invirtamos más tiempo, dinero o energía, entonces lo mejor es abandonar, sin importar cuántos recursos lleves invertidos hasta el momento.

Ahora bien, no confundamos esto con tirar la toalla a la primera dificultad. Aguantar tiene todo el sentido cuando seguimos porque estamos aprendiendo o porque el futuro de verdad apunta a mejorar; la trampa aparece cuando insistimos solo para no tener que admitir que perdimos. La constancia mira hacia adelante; la terquedad, hacia el recibo que ya pagamos.

Y conviene una nota de humildad para no volver esto una obsesión: un estudio reciente en el Journal of Economic Behavior & Organization (2025) encontró que este sesgo es escurridizo, pega duro cuando el caso es hipotético, como los cuatro del comienzo, y se afloja, a veces hasta se voltea, cuando hay plata de verdad y riesgo en juego. Con la piel en el asador solemos cortar pérdidas mejor de lo que predice el laboratorio, y cuánto nos atrapa el sesgo, como casi todo en finanzas, depende.

Tenemos que considerar también lo que podríamos dejar de ser, tener o hacer por insistir en lo que venimos haciendo hasta el momento y, como decirlo es más fácil que hacerlo, vale la pena tener alguien a quien podamos pedirle una opinión que no esté involucrado emocionalmente en la decisión.

Entrenemos nuestra fortaleza y nuestro valor para afrontar nuestros errores: de nada sirve lamentarnos, siempre tenemos oportunidad de reaccionar en nuestras finanzas personales. Acuérdate de la película que no arranca: el que se levanta a la mitad no recupera la hora que ya gastó, pero se ahorra la que le faltaba por perder, y eso ya es ganancia. Con la plata, el tiempo y la energía que llevamos invertidos pasa exactamente lo mismo. Aquí sí que vale aceptar, como dicen en inglés, el sabio consejo de “let bygones be bygones”, o lo que es igual en español: a lo hecho pecho.

Publicado originalmente en Tranqui Finanzas (2018) · también en Argentarium, 2016 · archivo ↗