Parte IV · Capítulo 23

Cuando las metas no funcionan

Conocemos la escena: alguien dedica una tarde entera a poner en orden sus finanzas, con la ayuda de un asesor o por su cuenta, y sale de ahí con el presupuesto cuadrado y un plan impecable. Tres meses después está justo donde empezó. El plan estaba perfecto; lo que nunca llegó fue algo que lo sostuviera cuando ya nadie estaba mirando.

Nos pasa porque somos expertos planeadores y pobres ejecutores. Como lo dijo Dwight Eisenhower, en la preparación para la batalla los planes son inútiles pero la planificación es indispensable; por eso insistimos tanto en esa acción: planear, planear. Y sin embargo muchos vamos por la vida sin anticiparnos a los acontecimientos (ahí llega un ingreso extra y no sabemos qué hacer con él, o una emergencia para la que no estamos listos), y vivimos demasiado ocupados como para planear. Por eso investigamos qué alternativas había para hacer el proceso más sencillo y más efectivo. ¿La solución? Concentrarnos menos en las metas y los objetivos (algo en lo que tanto insistimos los planeadores financieros) y más en crear sistemas.

Esto surge a partir de un libro de Scott Adams, que se hizo famoso gracias a una caricatura llamada Dilbert. Hace un par de años escribió Cómo fracasar en todo y aun así triunfar: algo así como la historia de mi vida: un título que bien podría ser el de nuestra propia vida financiera.

En su libro, Adams sugiere que cuando tomamos nuestra vida como una secuencia de objetivos y metas nos enfrentamos a un estado de casi-fracaso continuo, y da tres razones:

  • Pensar únicamente en nuestros objetivos reduce nuestra felicidad porque nos estamos convenciendo de que no seremos suficientemente buenos, o no seremos felices sino hasta que alcancemos la meta. Es decir, la felicidad y el éxito se consiguen es después de alcanzar un objetivo y no hacen parte integral del proceso de alcanzarla.
  • El problema de los objetivos, sugiere Adams, es que una vez conseguimos lo que nos propusimos dejamos de hacer lo que tuvimos que hacer para conseguirlo: como ya lo logramos, esa meta ya no nos motiva a seguir ahorrando, por ejemplo. Este efecto yo-yo, en el que tenemos que buscar permanentemente una nueva meta para poder hacer lo que deberíamos hacer permanentemente, puede perjudicarnos en el largo plazo (como en tener el suficiente dinero para jubilarnos, o comprar nuestra primera vivienda, por ejemplo).
  • Los objetivos sugieren que tenemos control sobre cosas en las que tenemos poco o nada de control: es un hecho que no podemos predecir el futuro, y quedarnos solo en el objetivo es ignorar que hay situaciones que pueden desviarnos del camino.

Ejercicio para darle un giro a tus objetivos en finanzas personales

Crear sistemas, esto aplica para todo: por ejemplo, en vez de enfocarnos en perder 10 kilos, aprender a comer saludablemente; los diez kilos de menos vienen solos. Adams define a un sistema como algo que hacemos regularmente que incrementa nuestra felicidad en el largo plazo, independientemente del resultado inmediato.

La propuesta de Adams tiene mucho sentido para nuestras finanzas personales: se trata de pasar el centro de atención de la meta al proceso y de ser conscientes de que mejorar en la forma en la que utilizamos nuestro dinero es algo que tenemos que construir día a día. Y esa es, justamente, la pieza que suele faltar: un sistema que sostenga el manejo del dinero cuando la motivación inicial se apaga.

Ahora, un sistema no es otra cosa que unos hábitos y unos principios que nos servirán para guiar nuestras decisiones en el día a día, veamos:

Un ejemplo de cómo podría aplicarse a nuestras finanzas puede ser que, en lugar de esperar ahorrar 3.000 pesos mensuales, creemos un sistema para ahorrar todos los días; por ejemplo, guardando las monedas que estén en nuestro bolsillo al llegar a casa cada tarde o cada noche. Otro podría ser comprometernos a utilizar nuestra tarjeta de crédito solo para aquellas compras que podamos pagar a una cuota y diferirlas siempre a ese plazo; si no estamos seguros de cuánto puede ser eso, podemos ponernos un límite de compras, por ejemplo, hasta un máximo de 5.000 pesos mensuales.

Ahora bien, el sistema más poderoso es el que trabaja incluso cuando se nos olvida. Guardar las monedas cada noche o vigilar un tope en la tarjeta todavía dependen de nuestra fuerza de voluntad; una transferencia automática el día de pago, un descuento por nómina o un débito programado trabajan solos, incluso los días en que no tenemos ninguna disciplina. La alcancía necesita que nos acordemos cada noche; el automático solo necesita que lo configuremos una vez. Y configurarlo una vez es, justamente, de lo poco que de verdad podemos controlar.

Tu sistema para el próximo mes

Pensemos entonces en cuál podría ser el sistema que cada uno puede crear para sus finanzas en el próximo mes. Claro que los objetivos importan: la meta pone el norte y el sistema hace los kilómetros. Por eso, en esta oportunidad, démonos el permiso de concentrarnos en las cosas que sí podemos controlar, lo que depende únicamente de nosotros, y no en el impredecible mundo exterior.

Un buen sistema debe ser una acción o un conjunto de acciones que podamos hacer todos los días, o al menos muy regularmente, que sea un proceso, que no tenga afán por el resultado inmediato, y que nos permita darnos cuenta de nuestro progreso (por ejemplo, al sentir el peso de la alcancía donde depositamos todos los días nuestras monedas). Ahora bien, no pasa nada si nos parece interesante y no pasamos a la acción: tener objetivos o un sistema diseñado puede ser importantísimo para nuestras finanzas, pero comprometernos y actuar en el proceso de nuestro propio bienestar financiero es lo que hace realmente la diferencia. Aquella persona del comienzo ya tenía el plan; lo que le habría cambiado los meses siguientes era un sistema que trabajara por ella cuando el entusiasmo de esa tarde ya fuera un recuerdo. ¡Manos a la obra!

Publicado originalmente en Tranqui Finanzas (2018) · archivo ↗