Parte III · Capítulo 18

Mujeres y hombres

En Colombia, apenas 1 de cada 5 mujeres mayores de 60 años recibe una pensión. Conviene tener esa cifra en la cabeza hoy, 8 de marzo, porque contradice casi todo lo demás: ahorrar, invertir, presupuestar o usar un crédito no distinguen género, y en el día a día las mujeres suelen manejar su dinero con más cuidado que los hombres. Y aun así llegan, en promedio, peor preparadas a la vejez.

¿Cómo puede ser que quienes administran mejor terminen peor? Para responderlo vale la pena mirar primero en qué parecen llevar la delantera las mujeres, y luego qué es lo que, pese a todo, las deja expuestas.

¿En qué parecen ser mejores las mujeres que los hombres cuando se trata de dinero?

Algunas encuestas, como las del Lincoln Financial Group, BMO o LIMRA, sugieren que los hombres tienen mucho que aprender de las mujeres. Conviene tomarlas con pinzas, porque son sondeos de la propia industria financiera y no estudios revisados por pares, pero el patrón que dibujan se repite lo suficiente como para prestarle atención:

Las mujeres son mejores llevando el registro de sus gastos.

Llevar el registro de gastos es elevar la consciencia que tenemos sobre en qué invertimos nuestro dinero (y nuestro tiempo). Esta, es una de las mejores formas de hacer ajustes a tiempo y elevar la satisfacción de saber que no descuidamos las cosas que son realmente importantes para nosotros.

Priorizan mucho más el ahorro y el estar preparadas para el mañana.

Ahorrar es tener claros los desafíos a los que nos enfrentamos y prepararnos para minimizar el impacto que los imprevistos pueden tener sobre nosotros y nuestra familia. Es la mejor forma de cuidarnos y cuidar a quienes más queremos.

Son menos impulsivas.

Actuar impulsivamente es un reflejo de la tendencia a buscar un beneficio inmediato a costa de un beneficio más grande en el futuro. Es uno de los impedimentos más grandes para el ahorro y la inversión. Entrenar el auto-control es una forma de hacer frente al problema de la gratificación instantánea.

Son menos propensas a sobre-endeudarse.

La prudencia tiende a ser una característica más común en las mujeres que en los hombres. La misma prudencia con la que las primeras suelen tener mejores hábitos de ahorro hace que también manejen mejor la deuda.

Son más prudentes en el gasto.

La consciencia que tienen sobre las necesidades de la familia le permite a las mujeres ser excelentes administradoras del presupuesto del hogar. Un requisito esencial para esto es tener claras nuestras prioridades y actuar consecuentemente con nuestro dinero.

Tienden más a pedir ayuda cuando la necesitan.

El exceso de confianza es un arma de doble filo en nuestras finanzas personales, especialmente cuando se está en problemas. En estos casos es particularmente importante tener el coraje que parecen tener las mujeres de levantar la mano y pedir ayuda cuando la necesitan. Muchos de los problemas financieros más graves tienen una relación directa con no haber tenido este gesto a tiempo.

Son mejores estableciendo objetivos.

Eisenhower decía que en la preparación para la batalla siempre se daba cuenta de que planear era esencial, a pesar de que los planes al final no servían para nada. Un componente importante de la planeación es la habilidad que tenemos para ponernos un objetivo; entre las ventajas de entrenar esta habilidad está encontrar motivaciones intrínsecas y extrínsecas para adoptar buenos hábitos en nuestras finanzas, o tener un punto de referencia sobre el cual podamos ver si vamos por buen camino.

Los retos por los que todos tenemos que trabajar

A pesar de que mujeres y hombres fallamos por igual a la hora de tomar decisiones financieras, existen factores que pueden hacer que estos errores sean más costosos para las primeras.

En Colombia, las mujeres tienden a vivir más que los hombres, sus salarios son en promedio más bajos y sus tiempos de desempleo, más largos. A esa lista se suma la cifra con la que abrimos: muy pocas alcanzan una pensión. Vivir más, con menos ingresos y sin pensión, es una combinación difícil de sostener.

Suele agregarse que las mujeres tienen menor educación financiera, y varios estudios lo respaldan con datos. Pero conviene leer ese dato despacio. En 2022, un análisis de Aristei y Gallo sobre los microdatos de la OCDE en treinta países encontró algo revelador: las mujeres puntúan algo más bajo en las pruebas de conocimiento financiero, sí, pero buena parte de esa diferencia se explica porque responden «no sé» mucho más seguido que los hombres, más que porque sepan menos. Muestran, además, bastante menos exceso de confianza, entre cinco y diecisiete puntos porcentuales por debajo de ellos. Parte de lo que contamos como «menos educación» es, en realidad, más disposición a admitir lo que uno no sabe.

Y aquí está el matiz que vale más que cualquier piropo del 8 de marzo. Muchas de esas virtudes que celebramos arriba, la prudencia, el bajo endeudamiento, el levantar la mano para pedir ayuda, comparten una misma raíz: una relación más cautelosa con el riesgo y con la propia confianza. Esa cautela es un escudo formidable contra las deudas que hunden a tanta gente. Pero, como vimos, el exceso de confianza es un arma de doble filo, y la falta de confianza también: la misma prudencia que protege de una tarjeta de crédito mal usada puede, en un mundo donde se gana menos y se vive más, dejar a una mujer sin invertir lo suficiente para su vejez. El culpable de fondo tiene nombre propio: un entorno que la premia por no endeudarse, la castiga por no invertir y rara vez le enseñó que invertir también es una forma de cuidarse y de cuidar a los suyos.

Reducir esta brecha entre géneros es algo a lo que todos podemos contribuir. Quienes diseñan política pública podrían estudiar estas diferencias a fondo y diseñar mejores formas de ayudar a la gente a decidir bien con su plata. Las entidades financieras podrían invertir en nuevas formas de educar financieramente a sus clientes y empoderarlos en su relación con los productos que ofrecen (en lugar de pensar que una tarjeta de crédito es ideal para mujeres porque les da descuentos en ropa y les permite llamar mecánicos y plomeros sin costo en el momento en que los necesiten).

Sin embargo, no hace falta esperar a que estas diferencias se resuelvan desde la política pública o desde la banca. En el día a día, al compartir las responsabilidades financieras en el hogar al momento de presupuestar, pagar las cuentas, declarar impuestos, etc., al hablar de finanzas en el hogar, con nuestra pareja y con nuestros hijos, al dejar de lado las creencias sobre quién debe ganar más en la pareja, o quiénes no pueden controlarse al momento de gastar en una u otra cosa, o al reconocer las virtudes y fortalezas de nuestra pareja en el manejo de sus recursos y aprender de las mismas, podemos ayudar a disminuir la brecha. Y a que esa cifra con la que empezamos, la de 1 de cada 5, no sea la misma que herede la próxima generación de mujeres.

¡Manos a la obra!

Publicado originalmente en Tranqui Finanzas (2018) · archivo ↗