Parte II · Capítulo 14

Por qué gastamos de más

Así como un átomo es la unidad más pequeña que constituye la materia, los gastos son la unidad más pequeña que constituye todo el andamiaje de nuestras finanzas personales. Nuestras decisiones de ahorro, de inversión, de endeudamiento o de cobertura de riesgos terminan siendo también decisiones de gasto.

Y buena parte de esas decisiones las tomamos en piloto automático. Wood, Quinn y Kashy encontraron en 2002 que cerca del 45% de las acciones que hacemos todos los días son hábitos; es decir, rutinas que se disparan solas ante un estímulo, sin que medie una decisión. Al gastar seguimos ese mismo patrón.

Quizá por eso el gasto es la parte menos comprendida, y la que más ejecutamos de modo automático, en el manejo que hacemos de nuestro dinero. El primer paso para ordenar el bolsillo es entender por qué gastamos más de lo que ganamos.

No sabemos cuánto nos ingresa mes a mes

La mayoría de las personas tiene idea de cuánto gana, pero no sabe con certeza de cuánto dispone realmente para gastar.

Por lo tanto, muchas de las cuentas mentales que hacen para asignar su ingreso se basan en un número que puede estar muy alejado de la realidad. Es común, por ejemplo, tener como referencia el salario o el pago que han negociado en su contrato e ignorar las deducciones de seguridad social que les hacen sobre el mismo (8% si son empleados), los pagos que tienen que hacer a salud y pensión si son contratistas (que equivalen a cerca del 12% del contrato), o la retención en la fuente, si es el caso (que puede ir desde el 0,2% hasta el 11%).

Los cálculos sobre nuestro presupuesto debemos hacerlos sobre nuestro ingreso neto; esto es, lo que realmente llega a la cuenta de ahorros el día del pago (o en cheque o en efectivo si es el caso). Si no estamos seguros de cuánto iremos a recibir, entonces es importante preguntarle al área encargada de nómina o contabilidad esta información.

Tenemos poco control al gastar

El dinero es un medio para poder disfrutar las cosas que agregan valor a nuestra vida y, hasta cierto punto, darnos gustos es también una necesidad. Sin embargo, hay una gran diferencia entre darnos gustos conscientemente y hacerlo sin control.

Durante décadas, el Test del Malvavisco de Stanford se citó como prueba de que la fuerza de voluntad de un niño de cuatro años predecía su éxito de adulto. Cuando Watts, Duncan y Quan repitieron el experimento en 2018 con muchos más participantes, ese poder predictivo casi se esfumó al tener en cuenta el entorno familiar y el nivel socioeconómico. El ícono se cayó, pero el mecanismo que dejaba ver sigue en pie: en todo momento estamos enfrentados a la decisión de disfrutar ahora, con un beneficio inmediato, o de esperar para obtener un beneficio mayor más adelante. Querer todo «ahora» puede llevarnos a gastar sin ver qué dejamos de hacer o de tener en el futuro por la decisión que tomamos en el presente.

Aquí conviene voltear el sentido común: la mejor manera de ganar autocontrol es tener que usarlo lo menos posible. En lugar de apretar los dientes cada vez que pasamos frente a una vitrina, diseñamos de antemano la fricción que nos frena. La herramienta más robusta es asignar un monto fijo mensual para gustos y, cuando se acabe ese fondo, comprometernos a esperar al siguiente mes para comprar cosas nuevas.

El registro acompaña esa decisión: llevar en una aplicación, una hoja de cálculo o una libreta lo que hacemos con nuestro dinero nos deja ver, al final del mes, si nos sentimos a gusto con lo que compramos, si se nos fue la mano y qué ajustar para el mes siguiente. Eso sí, nada de esto funciona como camisa de fuerza: llevar el registro y tener juicio, por sí solos, rinden poco con el tiempo. Lo que de verdad mueve la aguja es volverlo automático: que el ahorro se descuente solo y que el gasto de gustos tenga su sobre.

Los préstamos representan buena parte de nuestros gastos

Buena parte de los problemas de endeudamiento tienen su origen en un problema de gasto: al gastar de más tenemos que buscar dinero para cubrir lo que no podemos pagar mientras volvemos a disponer de nuestro ingreso.

Cuando además tenemos que pagar intereses por esas deudas que adquirimos (sin que hayamos resuelto el problema de gasto de fondo), entramos en un círculo vicioso en el cual cada mes tenemos que gastar menos para poder pagar las cuotas de nuestras deudas y buscar más dinero para cubrir nuestros gastos básicos.

Si las cuotas de nuestros créditos son muy altas en comparación con nuestro ingreso, es probable que nuestros gastos sean mucho más grandes de lo que ganamos. En este caso, es muy necesario elegir una estrategia para salir de deudas, al tiempo que es urgente revisar nuestra estructura de gasto, es decir, cuándo, cómo y en qué se nos va el dinero.

Adquirir deudas para cubrir gastos que deberíamos pagar con nuestros ingresos, o para cubrir cuotas de otras deudas (abrir huecos para tapar otros), es una de las maniobras más peligrosas en finanzas personales. Si bien puede ser útil para solventar un pequeño desajuste o una emergencia financiera, empezar a tomarlo como un hábito puede llevarnos a problemas mucho más graves de liquidez y solvencia.

Exceso de optimismo a la hora de gastar

Somos optimistas por naturaleza; de hecho, el exceso de confianza suele estar presente en buena parte de las decisiones que tomamos bajo incertidumbre (es decir, aquellas en las que no podemos estar 100% sobre sus resultados). A pesar de que algunos han llegado a calificar el optimismo como un elemento esencial en la evolución de nuestra especie, mucho de este puede llevarnos también a terminar gastando más de lo que ganamos y a poner en riesgo nuestras finanzas del mañana.

El exceso de optimismo y el exceso de confianza se manifiestan al momento de hacer planes hacia futuro. Cuando estimamos la fecha en que nos pagarán una cuenta por cobrar, o la cantidad de dinero que recibiremos por determinada labor (que todavía no está contratada), o los gastos que tendremos en los próximos meses, tendemos a hacerlo sobre la base del mejor escenario.

Dos factores juegan en nuestra contra en este punto:

  • No solemos dejar espacio para imprevistos al pensar en nuestros ingresos o gastos futuros (que se demore el ingreso o que los gastos sean mayores).
  • Casi siempre nos concentramos en la meta y no en el camino para llegar a ella: decidimos que saldremos de vacaciones hoy sin pensar en cómo conseguir los recursos para hacerlo posible.

Para hacer frente a este problema, una buena estrategia es mantener nuestras expectativas bajas, es decir, bajarle un poco al optimismo. La razón, sencillamente explicada, es que si en un escenario moderadamente pesimista, logramos que nos den bien las cuentas, cualquier cosa que suceda mejor que eso lo tomaremos como una ganancia; en el otro escenario, el del exceso de optimismo, cualquier imprevisto que nos aleje de lo planeado será visto como una pérdida.

Gastos no planeados (y aspiracionales)

Hay una frase que circula desde hace tiempo, atribuida a muchos y repetida en muchas versiones, que resume bien el problema. La publicidad, decía una de esas versiones, sería el sutil arte de persuadir al público para que crea que quiere algo que no necesita, y con los años se fue afilando hasta quedar así:

Compramos cosas que no necesitamos, con dinero que no tenemos, para impresionar a gente que no nos gusta (o a la que no le importamos).

Uno de los retos más grandes a los que nos enfrentamos como consumidores es distinguir entre las compras que le agregan valor a nuestra vida y las que no. Las primeras están alineadas con lo que cada uno defina que es importante para sí, las segundas obedecen a fallos en nuestra racionalidad (como el efecto manada) o a una gran efectividad de las estrategias publicitarias en nosotros.

Los nuevos lanzamientos de productos de tecnología, las estrategias de retargeting en internet, las promociones que "nunca más se van a volver a ver" (a pesar de que se repiten predeciblemente), hasta el diseño de los almacenes, pueden tener tanta influencia en nosotros, que nos llevan constantemente a realizar compras no planeadas, en las que el mercadeo aspiracional le gana a la compra consciente.

¿Qué podemos hacer para gastar menos de lo que ganamos?

No es algo sencillo, pero existen muchas estrategias para tomar el control de nuestro gasto. La primera es entender que existen distintos tipos de gasto, con distinto impacto en nuestro presupuesto. La segunda, ver por qué un presupuesto no siempre es la mejor herramienta para planear en qué gastar tu dinero, y cuál usar en su lugar. Y, sobre todo, ponerse a ello: hacer la planeación de tu gasto y descubrir cómo ajustarlo para poner en orden ese átomo del que, en el fondo, están hechas todas nuestras finanzas personales.

Publicado originalmente en Tranqui Finanzas (2017) · archivo ↗