Parte IV · Capítulo 24

Tener el control

Nadie maneja con los ojos clavados en el mapa todo el camino. Uno le da una ojeada cada tanto, se da cuenta de que se pasó la salida, el GPS dice «recalculando» sin regañar a nadie, y uno corrige la ruta. Eso es tener el control: darse cuenta de que nos desviamos y ajustar sin drama.

Con el dinero pasa algo parecido, aunque casi nunca lo llamamos así. Cuando uno estudia finanzas le enseñan que hay cuatro funciones esenciales en la administración de una empresa: el análisis, la toma de decisiones, la planeación y el control. ¿Qué pasaría si aplicáramos esas mismas funciones a nuestras finanzas personales?

Tres de esas cuatro las aplicamos a diario de alguna forma. Sin embargo, hay una a la que casi no le ponemos atención, y sin la cual el proceso de manejar nuestro dinero no puede producir los resultados que esperamos cada mes.

Parece que todos tenemos cierto grado de habilidad para analizar nuestra situación financiera y dar un diagnóstico sobre la misma. Claro, hay formas para mejorar este análisis (ej. con indicadores o evaluaciones cualitativas), pero en el fondo la mayoría está en capacidad de expresar qué tan bien o mal se siente sobre sus finanzas y qué está pasando con las mismas.

La planeación también es algo que hacemos permanentemente; incluso, hemos visto que es una habilidad natural de todo ser humano, como parte de lo que los psicólogos llaman la función ejecutiva del cerebro. En otras palabras, todos, bien o mal, estamos pensando en qué vamos a hacer en los próximos días, semanas o meses, o cómo vamos a distribuir el dinero de nuestro sueldo cuando llega.

A la hora de tomar decisiones es cierto que fallamos más de lo que quisiéramos, pero también es un hecho que es imposible escapar a elegir: todos los días tomamos decisiones, consciente o inconscientemente, de consumo, ahorro, endeudamiento, administración de riesgos, etc. También es cierto que podemos entrenarnos y mejorar en la forma en la que elegimos, pero, dentro de las funciones de la administración financiera, es otra a la que estamos permanentemente expuestos.

Desafortunadamente existe un eslabón perdido: el control. Es algo que no estamos acostumbrados a llevar, generalmente tampoco sabemos cómo hacerlo, y del que pocas veces nos hablan. Control significa tener la capacidad y las herramientas para asegurarnos de que nuestros planes se realicen de la mejor forma posible; es ser conscientes del progreso que hacemos y que podamos identificar cualquier desviación sobre nuestro plan para ajustar lo que estamos haciendo o, incluso, modificar lo que queremos lograr.

Tener el control empieza, paradójicamente, por aceptar que no controlamos todo. Siempre terminaremos haciendo aunque sea un poquito mal las cosas: gastaremos en algo que no teníamos planeado, el contrato que era seguro se tardará más de lo previsto, tendremos más hijos de los que planeábamos, en fin. Lo que sí está en nuestras manos es darnos cuenta de estas cosas a tiempo, porque cuando las vemos podemos hacer ajustes de forma rápida y sin dolor.

El control en nuestras finanzas personales tiene que ver con ser conscientes de qué es lo que realmente queremos, de forma que no nos dejemos distraer por la última versión del celular que sale cada año o los zapatos que vimos en el centro comercial que “solo por hoy” tienen el 5% de descuento.

Ejercicios para tomar el control de nuestro dinero

Hay varias cosas que podemos hacer para trabajar sobre el control a diario. El ejercicio básico es llevar un registro de nuestros gastos e ingresos: no es la solución a nuestros problemas financieros, pero es un ejercicio revelador; el solo hecho de ser conscientes de que, por ejemplo, al tercer día fallamos y analizar el por qué dejamos de hacerlo ya puede darnos información sobre cómo gastamos y cómo nos sentimos al respecto. El objetivo con este ejercicio es lograr hacerlo todos los días al menos por dos meses y revisarlo; así podremos entender si el análisis que hacemos de nuestras finanzas personales es o no acertado y dónde puede estar el problema. Incluso si el ejercicio muestra que vamos bien, podemos planear cómo hacerlo mejor. Y ojo: el registro no es un tribunal. Si al mirarlo solo sientes vergüenza, lo estás usando al revés; no está para juzgarte, sino para mostrarte qué ajustar mañana.

Otro ejercicio consiste en utilizar lo que Marshall Goldsmith llama preguntas activas: en una hoja escribiremos las cosas que queremos lograr y al final de cada día nos preguntaremos ¿hice hoy lo mejor que pude hacer para _______?; en lugar de contestar con sí o no, escribiremos una calificación de 1 a 10, sin más explicaciones. Al cabo de unas semanas podemos revisar nuestras puntuaciones y darnos cuenta de cuáles ajustes debemos empezar a hacer para lograrlo. Es posible, también, que si después de tres semanas de hacer el ejercicio seguimos puntuando 2 en una meta nos demos cuenta de que no nos motiva lo suficiente y de que es algo que debemos soltar para concentrarnos en lo verdaderamente importante.

Un tercer ejercicio es crear espacios de conversación con un amigo cercano o un familiar para hablar de las cosas que queremos lograr y cómo hacerlo. Cuando somos perezosos haciendo las cosas solos, es una muy buena alternativa buscar apoyo en alguien más. En internet existen herramientas como STICKK, desarrollada por la universidad de Yale, en la que podemos escribir nuestra meta, apostar dinero por el cumplimiento de la misma, nombrar un árbitro que nos ayuda a monitorear nuestro progreso y añadir a amigos para que nos den ánimo y nos apoyen en su cumplimiento.

Podemos analizar, planear y decidir todos los días, pero sin información que nos muestre si estamos progresando es muy difícil avanzar hacia nuestro bienestar financiero. Sin retroalimentación no puede haber aprendizaje. Esto no quiere decir que ir a cursos o leer artículos sea inútil: cuando Kaiser, Lusardi y sus colegas revisaron en 2022 setenta y seis experimentos realizados en 33 países, con más de 160.000 personas, encontraron que la educación financiera sí mejora la forma en que ahorramos, presupuestamos y usamos el crédito, y que lo que más funciona es aprender haciendo y midiendo. Justo por eso, un curso sin un registro que nos muestre cómo vamos es apenas media vuelta del ciclo, y ya decía Rita Mae Brown que locura es hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes.

El registro, las preguntas activas, el amigo que nos monitorea: todos cumplen la función del «recalculando» del GPS, esa voz que nos avisa que nos pasamos la salida y nos deja volver a la ruta sin regañarnos. Para romper el círculo vicioso, tomemos desde hoy el control de nuestras finanzas personales.

Publicado originalmente en Tranqui Finanzas (2018) · archivo ↗