Parte I · Capítulo 1

La racionalidad

Piensa en la última vez que pasaste por el supermercado y alguien te ofreció una muestra gratis: un pedacito de queso, un vasito de yogur, una salchicha en un palillo. Lo más probable es que la hayas probado, aunque no pensaras comprar el producto y aunque, de haber tenido que pagar por ese bocado, ni siquiera te hubieras detenido. La palabra «gratis» tiene ese poder: nos hace hacer cosas que, vistas en frío, no tienen mucho sentido.

Y si un pedacito de queso puede con nuestro buen juicio, vale la pena preguntarse cuánta de la plata que movemos a diario responde de verdad a la razón.

Todos sabemos lo que tenemos que hacer para tener unas finanzas personales bajo control y que la racionalidad las guíe: no endeudarnos en exceso, ahorrar al menos el 10% de nuestro salario, pagar cumplidamente, no gastar más de la cuenta… Sin embargo, es fácil ver cómo terminamos por alejarnos de estas pautas de una manera más frecuente de la que esperaríamos, ¿por qué?

La respuesta tiene poco que ver con las excusas que seguramente tenemos para justificar esos comportamientos que se alejan del “manual de buenas prácticas de la gestión de nuestro dinero”; de hecho, la razón por la que a diario nos alejamos de la administración ideal de nuestras finanzas está relacionada con mecanismos biológicos y psicológicos que hemos desarrollado como especie a través de la historia para “facilitar” la toma de decisiones y sobrevivir.

Ahora bien, la ciencia que estudia la forma en la que nosotros como consumidores tomamos decisiones parece no haber tenido eso en cuenta.

Lo primero que uno aprende al estudiar microeconomía es que los consumidores decidimos todos los días cómo asignar nuestra riqueza en la compra de distintos bienes con un único objetivo: alcanzar el mayor grado de utilidad o satisfacción posible. De igual forma le enseñan a uno que las preferencias y las restricciones son las determinantes de nuestras elecciones. Para entender esto pensemos en el siguiente ejemplo: si tuvieras que decidir para la próxima comida entre un plato que te gusta mucho pero es caro y otro plato que también te gusta y es barato, ¿cuál escogerías?

Según la microeconomía, serás capaz de ordenar tus preferencias y analizar la restricción que el dinero que llevas en el bolsillo te plantea; luego, tomarás la decisión que te produzca más placer bajo tres supuestos básicos: 1) que siempre podrás decir cuál de las dos opciones te gusta más; 2) que si prefieres el producto A al producto B, y el producto B al producto C, siempre preferirás, en consecuencia, A a C; y 3) que siempre buscarás consumir más en lugar de consumir menos.

Cuando cumples con estos supuestos y tomas una decisión que maximiza tu bienestar actúas racionalmente, pero ¿cuántas cosas haces al día bajo este modelo de elección?

Permíteme entonces compartirte tres experimentos para evaluar qué tan racionales somos al tomar decisiones. En cada caso anota tus respuestas al encontrar una pregunta antes de seguir leyendo.

Prueba de racionalidad 01

Te propongo elegir entre un bono de regalo en un centro comercial por valor de mil pesos que te ofrezco ¡gratis!, y otro por valor de dos mil pesos por el que debes pagar setecientos pesos. Piensa rápido, ¿cuál escogerías?

Si has escogido el bono gratuito habrás actuado como la mayoría de las personas: irracionalmente. De acuerdo con la economía tradicional, deberías haber calculado rápidamente el retorno de ambas opciones para descubrir que aun pagando setecientos por el segundo bono obtenías un beneficio de mil trescientos, en cambio con el primero solo obtienes un beneficio de mil pesos.

Prueba de racionalidad 02

Supón que debes ir a comprar un nuevo reloj y una nueva nevera.

El reloj lo encuentras por ciento veinte mil pesos en una tienda, pero en el momento en que vas a pagar recuerdas que viste el mismo reloj por setenta mil pesos en otra tienda que está a media hora de distancia caminando. ¿Qué harías? ¿Caminarías la media hora para ahorrarte esos cincuenta mil pesos?

Ahora vas por la nevera. La encuentras en una tienda por dos millones y medio de pesos y decides comprarla, pero en ese momento otro cliente te dice que hay otra tienda, a media hora de distancia caminando, que vende la misma nevera por dos millones cuatrocientos cincuenta mil. ¿Harías esta segunda caminata?

En los dos casos te ahorras exactamente lo mismo: cincuenta mil pesos por media hora de caminata, que es lo único que debería pesar a la hora de decidir. Y sin embargo, esos cincuenta mil rara vez se sienten iguales. La cabeza los mide en proporción al precio: sobre un reloj de ciento veinte mil, cincuenta mil son más del 40% y se sienten como un descuentazo; sobre una nevera de dos millones y medio, esos mismos cincuenta mil son apenas un 2% y se sienten como una miseria. Por eso mucha gente que caminaría sin pensarlo por el reloj ni se plantea hacerlo por la nevera, aunque el premio sea idéntico. A la cuenta de ahorros, sin embargo, llegan pesos, no porcentajes.

Prueba de racionalidad 03

Supón que te pido que juguemos un juego con una moneda que lanzaremos varias veces. Cada vez que caiga cara deberás pagarme cien pesos, y cada vez que caiga cruz yo te pagaré el monto que acordemos. ¿Cuánto debería ser ese monto mínimo que yo debería pagarte por cada vez que caiga cruz para que te animes a jugar?

Si contestaste cien pesos habrás tomado una decisión perfectamente racional, ya que en ese punto deberías ser indiferente a jugar o no. Una respuesta inferior a cien pesos sería irracional (entrarías a jugar con las probabilidades en tu contra), y una respuesta muy superior a cien pesos evidenciaría una alta aversión al riesgo. Y aquí está lo interesante: a diferencia de las dos pruebas anteriores, la tercera funciona como un espejo. Lo que mide es qué tanto le huyes al riesgo, y el número que escribiste, sea cual sea, ya te dice algo sobre cómo decides.

Al final, ¿qué tanta racionalidad guía las decisiones en nuestras finanzas personales?

Muchas de las elecciones que hacemos a diario no son sencillas: las opciones no son fácilmente comparables y las restricciones van más allá del dinero (también está el tiempo o normas sociales que te impiden hacer cosas que puedan afectar una amistad, por ejemplo). Sumado a esto, nuestra capacidad cognitiva es limitada, lo que significa que aunque tuviéramos toda la información necesaria para tomar la mejor decisión, no seríamos capaces de procesarla, como quizás lo pueda hacer un computador.

En este contexto, podríamos decir que así como la racionalidad, la irracionalidad, entonces, está a la orden del día y no es algo negativo; de hecho, hasta cierto punto está bien. Lo que queremos mostrar con estos ejercicios es sencillo: antes de salir a buscar un curso completo de finanzas o de economía, conviene conocernos a nosotros mismos. Un curso te enseña las reglas del dinero; conocerte a ti mismo te dice cuándo las vas a romper. Ese es precisamente el objetivo de esta sección: que entre tú y nosotros revelemos esas trampas en las que podemos caer al tomar decisiones financieras y así empezar a mejorar de forma práctica la manera en la que administramos nuestros recursos.

Volvamos por un momento a la muestra de queso del principio. Si un bocado que ni necesitábamos nos hace parar, probar y a veces hasta comprar, vale la pena mirar con lupa las decisiones que de verdad pesan en el bolsillo: de eso tan bueno no dan tanto.

Recuerda que errar es de humanos, lo que no es correcto es perseverar en el error. Si bien no nacimos instruidos en finanzas personales, para aprender de la experiencia es que estamos aquí.

Publicado originalmente en Tranqui Finanzas (2018) · también en Argentarium, 2015 · archivo ↗