La desidia es uno de los factores que más nos impiden ahorrar. Para entenderla, imaginemos que nos ofrecen un bono en efectivo. ¿Cuál prefieres?
OPCIÓN A: 50.000 pesos hoy. OPCIÓN B: 70.000 pesos mañana, apenas llegues a la oficina.
Guardemos esa respuesta y probemos con otra. ¿Cuál prefieres ahora?
OPCIÓN A: 50.000 pesos hoy. OPCIÓN B: 70.000 pesos al llegar a la oficina, pero dentro de seis meses.
La mayoría de nosotros prefiere esperar en el primer escenario y agarrar el dinero de inmediato en el segundo; después de todo, mañana es algo que podemos imaginar, pero ¿seis meses? ¿Quién sabe qué será de nosotros entonces?
Ese pequeño ejercicio desnuda lo miopes que somos con el futuro: mientras más lejos está la recompensa, menos la valoramos. Es un sesgo con nombre propio, el sesgo del presente, y en nuestras finanzas personales se traduce en una dificultad muy concreta para vernos de lejos cuando nos proyectamos en el largo plazo.
¿Por qué nos pasa? Consideremos dos razones.
La primera es que casi nadie nos enseñó a pensarnos a futuro. Ni la familia ni el colegio suelen entrenar esa mirada larga. Hagamos la prueba: intenta imaginarte cómo serás en 30 años y descríbete sin salir del paso con una respuesta fácil. ¿Qué haces un martes cualquiera? ¿Con quién vives? ¿Qué te quita el sueño? Si esa imagen te sale borrosa, es difícil que tengas el compromiso suficiente para negociar con tu yo del largo plazo, para recortar algo del consumo de hoy y enviarlo (por la vía del ahorro o la inversión) treinta años adelante. Y ojo, no es un caso extremo: la mayoría apenas alcanzamos a vernos con nitidez a un año.
La segunda razón tiene que ver con el autocontrol. Los psicólogos lo llaman autorregulación, y es una de esas habilidades que todos tenemos pero que ninguno desarrolla igual; buena parte se forma en nuestros primeros años, moldeada por el entorno en el que crecimos. En el fondo es la capacidad de posponer un beneficio inmediato para obtener otro (esperamos que mayor) más adelante.
Aquí es donde casi siempre aparece el viejo experimento del malvavisco. Seguro lo conoces: unos niños frente a una golosina; el adulto se va y les promete que, si aguantan sin comérsela hasta que vuelva, tendrán dos. Algunos no resisten y se la comen; otros, los menos, sobreviven a la tentación (con todo el sufrimiento que eso implica) y se ganan la segunda.
Durante años, ese minuto de espera se vendió como una bola de cristal: el niño que aguantaba estaba destinado a ser un adulto disciplinado, buen ahorrador; el que no, lo contrario. Suena convincente. El problema es que no resistió la prueba del tiempo. Cuando por fin siguieron a los niños del experimento original hasta bien entrada la adultez, ya en sus cincuenta, el hechizo se deshizo. En un trabajo de 2024 firmado, entre otros, por David Laibson (un economista que, de hecho, se hizo célebre estudiando ese mismo sesgo del presente) y por el propio Walter Mischel, el psicólogo de Stanford que ideó la prueba, los segundos que cada niño aguantó frente al malvavisco no predecían su riqueza, su deuda ni su ahorro de adulto.
Y hay más. Una replicación mucho más grande, encabezada por Tyler Watts, encontró que cerca de dos tercios de aquel «efecto malvavisco» venía sobre todo del entorno del niño (el nivel socioeconómico de la familia, más que cualquier otra cosa) y muy poco de su carácter. Un niño que crece viendo que las promesas se cumplen aprende a esperar; el que aprendió que más vale agarrar hoy lo que hay, también aprendió, y con buenas razones.
Nada de esto vuelve mentira el dilema del malvavisco; solo lo baja de profecía a estampa. Sigue siendo la mejor imagen que tenemos de lo que es aplazar un gusto, y en la vida diaria lo enfrentamos sin parar: consumir ya, o esperar para tener más después. Vista así, ahorrar es más que un sacrificio del bienestar presente: se trata de un intercambio, de cambiar una riqueza de hoy por una riqueza mayor mañana; es un negocio que hacemos con nuestro yo del futuro.
Y es un negocio con trampa, porque estamos programados para posponer los costos pequeños. Aplazarlos se siente gratis: la cuenta no la paga nuestro yo de hoy, sino nuestro yo del futuro. Con los beneficios hacemos lo contrario, no los posponemos. Por eso, mirado desde el hoy, siempre parece sensato empezar a ahorrar mañana. El problema es que, cuando mañana se vuelve hoy, opera exactamente la misma lógica. Y así, un mañana tras otro, no empezamos nunca.
¿Y la salida? Durante mucho tiempo la respuesta fue apretar los dientes: más fuerza de voluntad, más disciplina, entrenarse para aguantar. Pero si algo dejó claro la historia del malvavisco es que la voluntad es un músculo caprichoso y desigual, y que buena parte de lo que llamábamos carácter era en realidad el terreno donde a cada quien le tocó jugar. Apostarlo todo a «esforzarme más desde mañana» rinde poco: cuando economistas como Stefano DellaVigna y Elizabeth Linos midieron esos empujones sobre poblaciones enormes, el efecto encogió muchísimo frente a lo que prometían los estudios pequeños. El consejo suelto se desinfla apenas sale del laboratorio.
Y aquí está lo contraintuitivo: la disciplina más confiable es la que no depende de tu disciplina. En vez de librar la batalla del ahorro cada mañana, dala una sola vez. Siéntate con tu yo del futuro, cierra el trato y déjalo en piloto automático. En la práctica es sencillo: el día que entra el sueldo, que una parte salga sola, automática, antes de que la veas y te tiente. Y ponla donde te cueste sacarla, en un bolsillo aparte, en otra cuenta, en un fondo o en un CDT, en cualquier rincón al que no llegues con un clic un viernes por la noche. Porque el otro hallazgo incómodo de estos años es que ni siquiera el ahorro automático aguanta si uno mismo se dedica a deshacerlo. El principal enemigo de nuestros ahorros seguimos siendo nosotros mismos; el truco está en no darnos la oportunidad.
Queda una honestidad por decir. No todos partimos del mismo lugar: hay quien creció con margen para esperar y quien aprendió, con razones de sobra, que más vale lo seguro de hoy. Reconocerlo no nos exculpa, pero tampoco nos condena; apenas nos muestra dónde está la pelea que sí podemos dar. Y sobre ese tramo, el que de verdad depende de nosotros, no manda nadie más. Nadie, si no nosotros, se va a ocupar de nuestro yo del futuro. Tenemos la fuerza para decidir quiénes queremos ser en el largo plazo, y es una elección que no da espera. Ahorra, o nunca.
Publicado originalmente en Tranqui Finanzas (2018) · también en Argentarium, 2015 · archivo ↗