Cada cierto tiempo aparece una encuesta que descoloca. En la que hizo WIN/Gallup International a finales de 2017, Colombia salió como el segundo país más feliz del mundo, apenas detrás de Fiyi. No el segundo más rico, ni el más seguro, ni el de mejores hospitales: el segundo más feliz. Vale la pena detenerse ahí un momento, porque si la felicidad se comprara con plata, esa tabla estaría encabezada por otros países. Entonces, ¿qué relación hay de verdad entre el dinero y la felicidad, y hasta dónde llega?
Que una encuesta pretenda medir algo tan escurridizo no es un capricho: en las últimas dos décadas la felicidad se volvió objeto de estudio serio, hasta el punto de que algunos se animaron a escribirla como fórmula. El divulgador Eduard Punset propuso una en 2005, más como recurso pedagógico que como ley de la física: la felicidad, venía a decir, equivale a las emociones que ponemos en lo que hacemos, multiplicadas por la suma de tres cosas (los recursos con que contamos, la búsqueda de nuevos horizontes y la calidad de nuestras relaciones), y todo eso dividido por lo que nos resta bienestar por dentro y por fuera.
No hace falta zanjar si la ecuación es rigurosa para sacarle una idea útil. Punset multiplica esas tres cosas por las emociones; es decir, nos recuerda que el manejo que hacemos del dinero no se puede desligar de nuestras relaciones, de nuestro entorno ni de lo que sentimos. Y nos devuelve a la distinción de siempre: necesidades y deseos. De los recursos y del costo de mantenernos ya hemos hablado; de plantearnos objetivos y planear el futuro, también; y del peso de las relaciones, cada vez que tocamos el efecto manada y las normas sociales que nos empujan a gastar solo para pertenecer a un grupo.
Ahora bien, el título promete algo más concreto: ¿el dinero, por sí solo, compra felicidad? Justo ahí la ciencia se movió en estos años, y vale la pena contar bien la historia, porque cambia el final.
Durante una década la respuesta de manual fue la de Daniel Kahneman y Angus Deaton, que en 2010 encontraron que, en Estados Unidos, el bienestar del día a día subía con el ingreso hasta unos 75.000 dólares al año y de ahí en adelante se aplanaba: más plata, la misma cara. Era una idea cómoda, casi consoladora. El problema es que no resultó del todo cierta. En 2021, Matthew Killingsworth midió la felicidad de decenas de miles de personas en tiempo real, con una aplicación que les preguntaba cómo se sentían en momentos al azar del día, y no encontró ningún techo: la felicidad seguía subiendo con el ingreso, sin aplanarse nunca. Dos hallazgos que se contradecían de frente.
Lo que pasó después es raro y hermoso en la ciencia. En vez de pelear a punta de artículos, los dos bandos se sentaron juntos. En 2023, Killingsworth, Kahneman y la psicóloga Barbara Mellers publicaron una «colaboración adversarial»: un mismo estudio firmado por quienes defendían tesis opuestas, para ver qué decían de verdad los datos. Y los datos reconciliaron las dos posturas. Para la enorme mayoría de la gente (cerca del 80 % más feliz) la felicidad sigue subiendo con el ingreso, sin meseta a la vista; la vieja meseta solo aparece en una minoría que ya venía siendo infeliz, a la que, pasado cierto punto, más dinero deja de aliviarla.
¿Qué hacemos con eso? La respuesta perezosa sería «el dinero sí compra la felicidad, punto». Pero el dato fino dice algo más útil. Cuando uno mira de cerca qué es lo que la plata mejora, casi siempre resulta que quita más de lo que pone: paga el arriendo sin angustia, cubre la urgencia médica, apaga esa conversación de las tres de la mañana sobre cómo se cubren las cuentas del mes. El dinero levanta la felicidad más por el piso que por el techo: pesa más por las preocupaciones que le quita a la vida que por los lujos que le agrega. Por eso quienes tienen más suelen estar mejor, aunque no tanto porque compren alegrías nuevas como porque compran tranquilidad; y la tranquilidad, además, rinde cada vez menos a medida que ya se tiene.
Con todo, el ingreso es apenas una palanca, y ni siquiera la que más controlamos en el día a día. Hay otras que dependen menos de cuánto ganamos y más de cómo lo vivimos. Robb Rutledge y un grupo de neurocientíficos lo mostraron en 2014, en un estudio para la revista de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos que titularon, sin poesía, «Modelo computacional y neuronal del bienestar subjetivo momentáneo». Su hallazgo, traducido al cristiano, es casi un koan: la felicidad de un instante depende menos de qué tan bien nos va que de si nos va mejor de lo que esperábamos. Subamos las expectativas y la misma vida se sentirá peor; ajustémoslas, y la misma quincena rendirá más.
Ese desajuste entre lo que vivimos y lo que registramos tiene un responsable, y lo describió el propio Kahneman. En nosotros habitan dos yos. Uno tiene las experiencias, vive en el presente y lo conoce de primera mano; el otro las recuerda, y es este último, el yo que recuerda, el que toma nota, decide qué nos queda y lo narra como una historia. Casi nunca decidimos con base en lo que vivimos, sino con base en lo que recordamos haber vivido.
Kahneman lo explicaba con unas vacaciones. Para el yo que las vive, si la segunda semana es tan buena como la primera, dos semanas valen exactamente el doble que una. Para el yo que recuerda, en cambio, la segunda semana casi no cuenta: no añade recuerdos nuevos, no cambia la historia, y el tiempo, que para el que vive lo es todo, aquí pesa poquísimo.
Si no decidimos con experiencias sino con recuerdos de experiencias, entonces hay un par de cosas que podemos hacer para sacarle más felicidad a cada peso que gastamos.
La primera: al gastar, démosles prioridad a las experiencias por encima de las cosas. Thomas Gilovich lleva años mostrándolo, y trabajos más recientes lo confirman: la alegría y la satisfacción son mayores cuando pagamos por experiencias que cuando pagamos por objetos. Entre otras razones, porque las experiencias se comparan mal con las de los demás (el carro del vecino se mide contra el nuestro en el semáforo; su viaje a La Guajira no se puede poner al lado del nuestro) y porque terminan volviéndose parte de quiénes somos, no de lo que tenemos.
La segunda: cuando gastemos en experiencias, pongamos lo mejor al principio o, mejor todavía, al final. En un viaje, dejemos el mejor plan para el cierre; así el yo que recuerda le perdonará a las vacaciones cualquier incomodidad del camino y las archivará, enteras, como felices. No se trata de un truco de mago; es, más bien, darle al que toma nota el mejor material con el cual escribir la historia.
Así que el dinero importa, y la ciencia de hoy lo dice con menos culpa que antes: para la mayoría, más plata sí suma bienestar. Pero suma tramo a tramo, con rendimientos decrecientes, y sobre todo suma quitando piedras del camino más que poniendo lujos encima. Lo demás (con quién estamos, cuánto tiempo les damos, qué esperamos de la vida) no se compra en ninguna parte. La felicidad, al final, está hecha de cosas pequeñas. Aunque no de las que pedía Groucho Marx: un pequeño yate, una pequeña mansión y una pequeña fortuna.
Ahí, donde el dato ya no alcanza, hablan mejor los poetas que los economistas. Lo escribió Henry Van Dyke mucho antes de que existieran las aplicaciones que miden la felicidad en tiempo real: «La felicidad es interior, no exterior; y por eso no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos». Eso ya no lo zanja ningún estudio; es sabiduría, y la sabiduría se apuesta antes de comprobarse. Y quizá por eso el segundo país más feliz del planeta nunca necesitó ser de los más ricos para llegar a serlo.
Publicado originalmente en Tranqui Finanzas (2018) · archivo ↗