Hace unos meses estábamos acompañando a Julio en un proceso de planeación y organización de sus finanzas personales y hubo algo que nos llamó mucho la atención. Tras hacer una lista de todos los gastos que realizaba en el mes, había uno particularmente alto: los viernes en su oficina solían pedir almuerzos a domicilio a restaurantes (poco económicos) del centro financiero de Bogotá; sin importar lo que cada uno pidiera, la cuenta siempre se dividía en partes iguales. Almorzaban desde el jefe hasta los profesionales junior de su área, cada uno pedía anclado por su capacidad de pago, con la particularidad de que al final los que menos tenían terminaban excediéndose de su límite presupuestario. La razón es aritmética: al partir la cuenta en partes iguales, cada quien paga apenas una fracción de lo que pide de más (si son diez, una décima parte), de modo que a todos les conviene pedir del lado caro y el grupo entero termina sobregastando. Y ese sobregasto pesa más en el bolsillo del que menos tiene.
Cuando clasificamos sus gastos de acuerdo con su urgencia y su importancia nuestro cliente le dio la máxima calificación a los almuerzos de los viernes. No estaba dispuesto a reducir ese gasto a pesar de que resultaba caro y que, desde el «sentido común», podía reemplazarse con un almuerzo que él llevara por su cuenta. Lamentablemente el sentido común es todo menos común; Julio estaba enfrentado a una costumbre de su lugar de trabajo que, pensaba, era mejor no transgredir para evitar una recriminación de sus compañeros de oficina.
Esas pautas de comportamiento, o costumbres, que hemos aceptado o adquirido y que proporcionan identidad o pertenencia a un grupo es lo que se conocen como normas sociales. No son propiamente una trampa de racionalidad, como las anteriores de las que hemos hablado, pero pueden terminar desviándonos de comportamientos óptimos en nuestras finanzas personales.
Ahora bien, al tiempo en que nos vemos enfrentados constantemente a las normas sociales (moda, tradiciones, usos) vivimos en un mundo en el que nuestra economía se rige por normas mercantiles. En el primero la moneda de cambio son los créditos que ganamos o perdemos cuando cumplimos o no las expectativas de nuestro grupo social; en el segundo, la moneda es el dinero.
En el mundo de las normas sociales las transacciones son cálidas, difusas y no requieren de compensaciones instantáneas: yo puedo invitar a mis amigos a mi casa a almorzar pero eso no significa que ellos tengan que pagarme al finalizar la comida o que tengan que invitarme al día siguiente a la suya. No siempre es necesaria una reciprocidad. En el mundo de las normas mercantiles, en cambio, se definen perfectamente los intercambios: salarios, precios, intereses, costo-beneficio, das para recibir.
Los problemas aparecen cuando las normas sociales chocan con las normas mercantiles. Dan Ariely se imagina un ejemplo “extremo” para ilustrarlas: Alguien conoce una persona que le atrae, la invita a cenar, al cine y paga todo; en la segunda cita este alguien vuelve a pagar todo; igual en la tercera y en la cuarta cita. Cuando llega el momento de despedirse de la otra persona en la quinta cita espera que le dé por lo menos un beso y esto no pasa; tampoco en la sexta, hasta que en la siguiente decide mencionar indirectamente lo caro que le está saliendo la aventura: ¡error! Acaba de intentar reconciliar la norma social (cortesía) con la norma mercantil (beso a cambio de invitaciones). Claramente la relación termina ahí.
¿Qué tiene que ver esto con nuestras finanzas personales?
Volvamos al ejemplo con el que empezamos. Julio estaba en medio de un grupo en el cual apartarse del pedido a domicilio y el pago en partes iguales podía significar algún reproche social; sin embargo, no hacerlo podía significarle seguir muy restringido en sus finanzas personales y no poder liberar platica para las metas que sí le importan.
A todos nos ha pasado esto en algún momento de nuestras vidas: terminamos por aceptar pautas de comportamiento que consideramos normales y cuyo incumplimiento creemos que puede implicar una sanción interna (culpa) o externa en forma de recriminación. Como casi todo lo que vemos en economía del comportamiento, no tiene etiqueta de bueno o malo. Es una característica de nuestra especie: somos seres sociales por naturaleza. Sin embargo, es importante que pensemos si estamos preparados para asumir el costo de algunas de estas normas sociales.
Y no es solo una intuición de consultorio. En 2020, los investigadores Agarwal, Mikhed y Scholnick cruzaron registros administrativos de quiebras y encontraron un patrón revelador: cuando a un vecino le cae un premio de lotería, los vecinos que no ganaron nada empiezan a endeudarse más y a quebrar con más frecuencia. Y al revisar qué había en los balances de esos hogares arruinados, lo que aparecía eran los bienes que se ven: la casa, el carro, la moto. Ni rastro del efectivo ni del ahorro para la pensión. Es la necesidad de «quedar bien» medida con los datos duros de la bancarrota.
Normas sociales y necesidades
Abraham Maslow creía que como humanos desarrollamos deseos más elevados a medida que satisfacemos necesidades básicas. La pirámide es una metáfora útil, aunque en la práctica perseguimos varias de estas necesidades a la vez. En el primer nivel están las necesidades fisiológicas: la alimentación, el descanso, poder eliminar nuestros desechos, evitar el dolor, tener un vestido. En el segundo nivel está la seguridad y protección: la salud, el proteger nuestros bienes y activos, tener una vivienda. En el tercer nivel están las necesidades sociales: tener buenas relaciones con la familia, colegas, amigos, etc., y, sobre todo, ser aceptados socialmente.
De cómo cada uno entiende que puede ser aceptado socialmente es que se derivan consecuencias positivas o negativas para nuestras finanzas personales. La moda es un ejemplo de normas sociales que pueden volverse peligrosas; algunos estereotipos (como ser la persona que siempre paga) también. La afiliación, o la aceptación social, es una necesidad básica pero no puede ir en contra de la seguridad ni de la satisfacción de nuestras necesidades más elementales.
Estas son las cosas por las que en ocasiones no basta con hacer presupuestos para tener unas finanzas personales sanas. Como el mundo de las normas sociales no suele mezclarse con el mundo de las normas mercantiles no consideramos en él gastos que parecen ocasionales y que van más allá de lo económico: invitaciones, regalos, caridad.
Y entonces, ¿qué hacemos con esto?
Las normas de los intercambios sociales no son las mismas que las de los intercambios mercantiles. Sin embargo, algunas de estas normas sociales pueden terminar por afectar nuestras finanzas personales. Pensemos cuáles son los valores con los que estamos manejando nuestro dinero. ¿Cómo la honradez, la confianza, la fiabilidad, la cortesía, los modales o el respeto van alineados con la coherencia, la simplicidad, la coordinación, la prioridad, nuestro progreso y nuestro desarrollo? ¿Qué normas sociales pueden estar potenciando o perjudicando nuestras finanzas personales? ¿Será que hay procesos de imitación en los que estamos “montados” que van en contra de necesidades todavía más básicas?
Para superar esas normas sociales que van en contra de nuestro bienestar basémonos en experiencias y juicios propios en lugar de prejuicios, centrémonos en la realidad de nuestras capacidades, enfrentemos los problemas en virtud de sus soluciones y aceptémonos tal como somos, sin ser pretenciosos ni artificiales.
No existen decisiones que sean exclusiva y puramente económicas: consideremos qué valores reflejan la forma en la que gastamos, la forma en la que nos endeudamos, cómo invertimos o ahorramos; consideremos qué valores transmitimos a nuestra familia y a nuestro grupo social mediante la palabra o el ejemplo y viceversa. Entendamos que las finanzas van más allá de ahorrar el 10%, endeudarnos de acuerdo con nuestras posibilidades y hacer un presupuesto; son un vehículo que debe ir en sintonía con las normas sociales en las que nos vemos envueltos día a día, un medio para satisfacer nuestras necesidades básicas y así poder acceder a deseos superiores de reconocimiento y autorrealización.
Publicado originalmente en Tranqui Finanzas (2018) · también en Argentarium, 2015 · archivo ↗